lunes, 5 de febrero de 2018

A los perros buenos no les pasan cosas malas

¿Lo recuerdas?
La nieve, un verde helado como nunca,
las botas hundidas, mi madre en el balcón
observándonos jugar.

Reías, te prometo que fui capaz
de escucharte reír,
saltabas y te hundías en la nieve,
y no entendiste nada,
y yo comprendí todo.

Es ese quizá el recuerdo más sencillo de todos mis años.

Aprendí de la vida
que debía cuidarte, colocarme entre tu cuerpo y el
mordisco,
oler tus silencios y el más mínimo gesto,
protegerte sin necesidad de un peligro,
quererte entero y sin fisuras, sin errores,
con la tranquilidad que da amar a quien te ama.

Aprendí de la vida a quererte de igual modo,
a amar este equilibrio nuestro,
la igualdad de latido,
a confiar sin atender el tiempo
que tarda uno en encontrar la calma,
a buscar lo urgente sin ninguna prisa,
y a llegar a casa,
y que mi casa sea mi casa porque tú me esperas,
y que tu casa sea tu casa porque siempre vuelvo.

Aprendí de la vida
a estar siempre alerta,
pero cuando vino a golpearte esa alarma no sonó,
cuando vino a castigarte no se escuchó nada,
cuando vino a herirte el silencio había perdido su olor,
y no fui capaz, mi vida, esa vez no fui capaz,
y a una palabra de mi boca estuvo de llevarte,
a una única palabra de abandonarte,
a ti, a tu ruido, a la mirada que me enseña, a mi casa,
a una única palabra de arrancarte de mi lado.

Cuánto daño cabe
en las heridas que no se ven.
Cuánto duele lo que no se merece.

Te llevé entonces conmigo,
desoí el futuro y te llevé a otro sitio más amable, 
tan diminuto, tan débil, tan hueso,
te arropé con tres mantas
y mis dos brazos tan escasos entonces,
te abrigué con el tiempo, te cubrí con mi mantra,
-a los perros buenos no les pasan cosas malas-,
te guardé bajo este amor tan infinito, tan a cambio
de nada y todo, te guardé bajo el amor,
te velé, día y noche, semana y mes, te velé,
te prometí nieve y mar y sol si resistías, te prometí
lucha si aguantabas un poco más, un último esfuerzo,
acaricié todas las navajas que te perseguían,
custodié mi sueño con el tuyo, paré mi vida porque mi
vida
estaba enferma, me negué a seguir sin ti porque tus ojos
me pedían otra cosa, me pedían otra cosa,
me negué a la muerte, la negué mientras te afirmaba
a cada segundo.

Y tú me asentiste.

¿Escucharías la nieve? ¿Sería aquello suficiente para
salvarte
igual que lo hizo conmigo?

Nos quedan tantos años, tantas batallas
y tantas victorias.
Quizás tengan razón y la muerte sea tu espada,
pero yo soy tu escudo.

¿Puedes verlo?

Somos tú y yo,
en la nieve,

riendo juntos de nuevo.


(Elvira Sastre)


martes, 30 de enero de 2018

Soy la extraña correlación entre tu estado de ánimo y 
la canción que suena en un taxi cuando no quieres volver a casa.

Me he cosido la boca con dulzura
para que los besos que niegue,
al relamer,
me sepan a lo que soy:
un caramelo.

No quiero desaparecer en otra boca.

Todavía no tengo todas las piezas y
uno tiene que recuperarse para poder ofrecerse.
Esto es todo lo que me falta,
siento no poder darte menos problemas.

-Con lo que te gusta resolverme mientras todo se complica
bajo mi distraída mirada-

Porque os convertiría en cualquiera
hace tiempo que no duermo con cualquiera.
Porque me convertiría en cualquiera.

Todos los hombres que acaricié se están vengando de mí.
Me retuercen las manos por haber amado a la mujer
como no supieron ellos,
pero ninguno me preguntó
el único secreto que no planeé esconder.

Esto es tan simple como que mi mano derecha es la maestra
de todo lo que quiere olvidar la izquierda;
sospecho que nunca firmaré una tregua conmigo.

¿Para cuándo entonces la paz de la que hablan las doctrinas 
de mi nombre?

Si no quiero que me toquen es porque soy pegadiza y
me he convertido en la canción más triste del mundo.

Porque me he caído como la última gota al vaso de ácido
que se derramó en las rodillas.

Porque se me han partido todas las uñas en el vientre
y
no me apetece hablar de esto
-ni de esta
ni de aquel-.

No es cobardía,
es mi derecho a guardar silencio en ataúdes de niñas pelirrojas.

Ya no me quedan ni ases 
ni cicatrices bajo la manga.

Me amo desnuda,
sin trapos,
sin trampas para ratones,
sin cascabeles que delaten al gato.

Mi jaula es un anillo de fuego
y yo un pájaro.
Saldré cuando yo quiera,
no cuando otro me ame.


(Irene X)

jueves, 25 de enero de 2018

Te he reconocido a pesar de todo;
la licantropía nunca fue tu arte.
Me pregunto
bajo qué luna estás ahora lamiéndote las heridas. 

(Juan Gracia Armendáriz)

Rosa y Marie

                                                                   La pena es pura y sagrada,
              y hasta en la muerte puede haber belleza si sabemos vivirla.
                            Rosa Montero, la ridícula idea de no volver a verte
                                                                                               Por Rosa
                                                                                             Por Marie


No volveré contigo a casa
ni dejaré flores a los pies de tu cama,
y cuando preguntes "¿qué pasó?"
te dirán que el viento fue más rápido.

Querrás correr hacia un lugar en el que no me conozcas,
tener unos pies
que desanden los andenes que pisamos a la vez,
arrancarte mis caricias
de los huesos,
decir otro nombre cuando tu boca me extrañe tanto que
todo
te sepa a sal
y tenga tanta sed como miedo:
tu desierto estará lleno de puertas.

¿Lo entiendes?
La música será sólo otro ruido
y ya no podrás ponerle mi nombre al silencio
para darle voz.
Tu despertar será una nota
a destiempo.
Tu sueño,
un duelo contra ti misma.
El tiempo,
un reloj parado.

No te asustes:
sentirás que el mar es tu única 
herida
porque ninguna otra salida será capaz de
abarcar tanto desahogo.
Pensarás que merezco el ardor
porque una vez fui fuego
en tus pupilas
y ya no puedes deshacerme.
Soportarás mi peso sobre tu 
espalda como un último intento de alcanzar el sueño.


Tú suplicarás un alto al fuego.

Yo estaré tan vivo que tus recuerdos
me olvidarán.

Mi amor, 
yo me iré
y tú sabrás cuidar las flores
que ya no te regale,
escribirás sobre todos mis huecos
cuando descubras
que mi peso reside en el aire que mueves en las calles
y en las comisuras alzadas de tu boca
y en las cosas que aprendas sin mí.

Te levantarás sin mi mano
y el suelo no volverá a extrañarte,
y entenderás
que mi ida sólo fue un empujón a la espalda de tu vida:
sé uno por los dos.

No te asustes:
volverás a descubrir el sueño
detrás de las flores
y conseguirás ser la luz de tu futuro.


Tú volverás a mirarte en el espejo
mientras alguien te lame mi herida.

Yo me quedaré en tus ojos
y en la punta de tus dedos
y en todas esas cosas que dejes de recordar.

Así será.
Yo no estaré.
Tú, pronto, te irás.
Pero siempre seremos uno el tiempo que dure el recuerdo

(Elvira Sastre)

sábado, 20 de enero de 2018

El amor en un bote de cristal

La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.

Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.

Añoro el mar,
alcanzo a decir.

No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre.
En todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y sólo entonces si desvío la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.

Y así, con el dolor de lo inevitable, 
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.

La soledad es mirar a unos ojos que no te miran. 


(Elvira Sastre)

lunes, 16 de enero de 2017

Recuerdo que llegaste del mismo modo que a una despedida;
igual que el día pugna por abrirle
un minuto a la noche.
Como un encuentro en primeras nupcias
la memoria descansó
la inquietante extensión de sus abriles. 
Tuve que invocar oscuras razones,
recordarte, por ejemplo,
que tal vez nos miramos en la infancia
y que acaso pudimos olvidarlo.

(Juan Gracia Armendáriz)

domingo, 1 de enero de 2017

La loba



A veces contigo, hija,
la piel se me eriza de loba
y de repente veo nuestra casa
bajo la luz hueca de una madriguera.

Quizá es por el calor húmedo
que guardas en los pliegues del cuello
y que convierte tu pelo en raíces desnudas;
o porque cuando duermes a mi lado
tu espalda se dobla alomada
y se acopla como el feto que fuiste a mi vientre.

Todo es intemperie a nuestro alrededor.
Solas, animales entre animales y tanto árbol
tantas sombras a las que les busco parecidos
para disimular mi miedo.

El bosque me persigue hasta los sueños
y a veces te gruño porque entre tú y yo
se interponen los peligros que no puedo ahorrarte.
Son necesarios los espectros, los hijos que nunca tuve;
suyo es el idioma de las hojas
suya la voluntad para escarbar en lo podrido
en lo oscuro aprenden a ralentizar el tiempo
y tener la edad de lo que no muere.
Gracias a ellos tú y yo disfrutamos
de los claros de luna y las mariposas.
Mi niña, mi cachorro, enseñarte a morder
es procurarme nuevas heridas.
En tu piel tienes el recuerdo de mis cicatrices
y no te confunde el pelo que ha crecido sobre ellas.

Te enseño a cazar y no te cuento de mi hambre.
Descanso siempre atenta a la respiración del bosque
mientras me duelen mis cachorros
el que hiberna dentro de mí
y tú ovillada sobre tu propio aliento.

Al final de la noche
-cuando con precisión la luna ilumina
los gestos que nos hermanan-
no soy la loba que crees
ni la que yo te quisiera.
Sólo soy la que aúllo a través de los huecos
del paisaje que quise dejarte talado
mientras me distraían mi propia hambre
los rastros de cazadores
o el olor profundo de algún macho.
Al final de la noche
sólo me conformo con esconder las uñas en cada caricia.

(Ana Pérez Cañamares)

lunes, 12 de diciembre de 2016

Nocturno

No fue sino alucinación.

De madrugada, entumecido
por el insomnio, huí del lecho con un abrigo
sobre el pijama, con mis treinta años
tras de mí pidiendo socorro,
y el paso suave, clandestino,
para que no despierten los seres que amo.

Una alucinación.

Empecé a intentar rescatarme
en mis objetos y en mis hábitos:
puse Beethoven, encendí un cigarrillo,
despacio consumí un vaso de leche;
acaricié los libros;
contemplé las fotografías
de los muertos que no olvido nunca:
Antonio Machado, en la época de Guiomar;
Dostoyevski, consumido por su epilepsia,
su época, su fiebre, su amor;
Pavese, limpiando unas gafas
hacia mil novecientos cincuenta;
César Vallejo, escamoteando
su atroz ternura en un gesto increíble,
indispuesto de ojeras, agraz;
Kafka y sus pupilas de negro mercurio,
y Chopin sorprendido por Delacroix.
Reunidos.

Miré, toqué; caminé mi despacho;
escuché; buscando sosiego.
Miré de nuevo, fumé más aprisa,
no acababa de encontrar el calor.
Me fui a contemplar el sueño
de mi mujer y de mi hija.
Regresé. Todo esto es mío.
Yo soy de todo esto.
Que no se rompa.

Iba y venía, tocaba, miraba, para sobrevivir.
Mas por debajo de mi conciencia
algo buscaba una rendija,
algo pugnaba contra las paredes
de mi equilibrio y de mi libertad.
Fue una alucinación.
Con el vaso en la mano,
el torpe abrigo, las zapatillas,
miré mi vaso, miré esta casa,
miré estos años, miré aquella música,
y alguien al fondo pronunció
con mi voz y mi historia:
"qué hago yo aquí".

(¿Qué era "aquí"? ¿mi despacho?
¿mi profesión? ¿la tierra? ¿mi existencia?
Extrañado y sereno,
con el vaso en la mano. Otro.
Era horrible: fui otro.)

Fue una alucinación. Pasó.

Pasó. Las fotos, los objetos, la música,
la respiración confiada
de los que amo, sus bienaventurados
cuerpos dormidos, la penumbra,
todo inició un lento regreso,
todo eso me lamía las manos,
me entregaba las manos
para que las lamiera. Cayó el otro
a las profundidades. De nuevo
mi conciencia conmigo,
los míos conmigo. Mis vivos y mis muertos.

(Fue una alucinación y tengo miedo.
temo volver a ser, otra vez, ese hombre)

(Félix Grande)