miércoles, 30 de mayo de 2007

5 de junio de 2004

Papá, no te olvido.
No olvido la tarde en que subí a tu casa a verte, era viernes, te llevábamos la compra: naranjas para hacer el zumo que tanto te gustaba, jamón, cecina... Estabas alegre, o al menos lo parecías. Recuerdo que ese día te dije: papá, voy a estudiar enfermería para cuidarte. Tú te medio reíste con un aire de incredulidad. Nos fuimos, seguimos con nuestras vidas.
5 horas más tarde estabas muerto. Sigo sin entenderlo papá. Nunca te dije Te quiero.




Una noche mis padres
se hicieron de pronto viejos.
En un abrir de amanecer
todo el tiempo del mundo
se les vino de golpe
y sólo el viento negro
irrumpió en aquel templo
que era el cuerpo menudo de mi padre;
desordenó su corazón,
desbarató el altar sencillo de su rostro
y fue desordenándolo todo
tan despacio,
con una crueldad innecesaria.

En sus últimos días
tendía con angustia
la mano al infinito,
a quién sabe qué ángel
que le aguardaba dónde
mientras la muerte,
sin prisa,
lo iba poseyendo.

(Andrés Aberasturi)