sábado, 3 de marzo de 2012

El amigo

Era yo el único,
el escogido entre todos,
que sabía que ibas a morir. 
Esquivabas mis miradas,
que angustiosamente sorprendías.
Los dos estábamos en el secreto. 
Yo oía el rumor de la muerte
que lentamente trabajaba dentro de ti,
cuando guardabas silencio en aquellas
tertulias inolvidables.
Procurábamos siempre
no quedar solos jamás.
Me ocultabas tus manos
con una angustiosa torpeza:
quizá creyeses que era allí
donde yo leía tu muerte.
Y no era en tus manos
ni en tu frente ni en tus ojos
ni en tu nuca,
que es por donde la muerte
nos empuja suavemente.
Yo no podía saber cómo había llegado
esta noticia a mi alma...
Una tarde lenta de provincias,
te vi más solitario que nadie.
En torno tuyo, se hizo
como una niebla de ausencia,
como un purísimo silencio de estrellas.
Por todo esto sabía
que me odiabas y me amabas.
Pero cuando llegó aquella
hora única y solitaria,
me llamaste. 

(Luis Pimentel)

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