domingo, 6 de octubre de 2013

Primeros números

Hubo dos que empezaron a construir mis noches
entre sábanas nuevas como páginas
y el antiguo argumento de la pasión recíproca. 
Aquel modesto incendio trajo un número impar:
mis padres aprendieron el oficio
de no dormir por culpa del hijo de sus sueños.
Desvelado y redondo, a mí se me trepaban
estas muecas de miedo que mi sonrisa oculta.

Se mantuvo el triángulo hasta el día 
que el recuerdo del dos creó un espejo:
mi cuarto -nuestro cuarto- se volvió
una juguetería después del cataclismo,
un campo de batalla con dos supervivientes.
Y detrás de una puerta mal cerrada
un hombre, una mujer
desconcertadamente jóvenes aún
se preguntaban qué tocaba ahora.

El resto fue cuestión de despejar incógnitas,
improvisar una igualdad, el riesgo
de algunas divisiones. Cuando ambos
devolvamos al dos lo que tenía,
simétricos él, ella
se harán viejos el uno con el uno,
opuestos y queriéndose.

Pero -primera vez, y toda vez es única- 
sucederá la resta. Reducida,
una cifra mirando fijo al suelo,
sé que quizá mi madre
preferirá dejar también la casa
y correr a apagarse junto al mar.

No olvidaré jamás el gesto de mi hermano.
Ahora somos dos, murmuraré. 
Él no contestará, si bien sus ojos
parecerán decirme: siempre seremos cuatro.
Y abrazándonos
como se estrechan unos parecidos,
lloraremos debajo de la tarde.

Y por primera vez -y toda vez es única-
tendremos la más simple certidumbre,
el asombro del cero boquiabierto
que no se recupera de no ser. 

(Andrés Neuman)

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