martes, 9 de diciembre de 2014

En busca de un remedio


Me he bañado en el mar
y sigo sin ser agua.
He frotado mi piel
con una estrella:
ni una chispa.
No sé qué va a pasar
cuando la noche acabe,
y me vea tan gris como los pájaros,
pero sin saber volar.

(Blanca Sarasua)


jueves, 13 de noviembre de 2014

A una muñeca antigua


Sólo es una muñeca
ahorcada en el péndulo del tiempo,
deshabitada como una casa vieja,
con su cutis de cera,
amortajada de moaré y sombrero.
Pero me está observando
con un temblor de hueco en su mirada.
No es nadie,
nunca vivió,
nunca tuvo ocasión de equivocarse.

Por eso me da miedo.


(Blanca Sarasua)

lunes, 10 de noviembre de 2014

Esperando mi vuelta

A dónde vas, jugando a ser eterna,
pisando sin cuidado el mar,
sin el menor pudor,
con la misma certeza de quien anda por casa.
Eres un ser alado, sin células apenas,
el pelo largo como tu osadía,
y esas manos a tientas
llevándote a destiempo la luz de la mañana.
El cuerpo, con los miedos que te quedan,
lo dejas en la arena.
Te agarro por los hombros del espejo;
no me engañes
ni me vuelvas la cara:
buscas el paso firme de la dicha
en un plato final
definitivo,
sin una carga de sombras a su espalda.
Tú sabes que no existe,
chíllalo,
estrújate de rabia.
Luego sigue buscándolo,
cuélate sin entrada en el palco de la vida,
no me bajes la guardia.
Y no vuelvas sin él,
que yo estaré en el muelle de mis vértigos,
vestida de tu cuerpo
esperándote,
para llevarte a casa.

(Blanca Sarasua)


jueves, 6 de noviembre de 2014

Sombra del pasado

Se despertó la sombra,
callada
en el fondo de mi espejo.
Me agarró de la mano,
me llevó donde viven las palabras,
y hablamos
como se hablan las barcas
cuando se sienten vivas,
movidas por el agua.
Vino del otro lado del espejo,
de allá donde no escuecen las astillas.


(Blanca Sarasua)

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Más cerca del mañana...

Más cerca del mañana
que del ayer, el tiempo
como un espejo limpio
tiembla ante la infancia.
La puerta aún no se cierra
y adivinan los ojos
el peligro, la sombra
de lo que ya no existe.
La palabra se agota
y la voz se adelgaza
en un largo silencio.
Ya descansan los sueños
al borde del camino
y quedan pocas preguntas
que me atreva a responder.


(Ana María Navales)

viernes, 31 de octubre de 2014

Dame una mano que tiemble...

Dame una mano que tiemble,
un misterio desvelado,
unos ojos muy abiertos
frente a mi espejo de plata.
Y un otoño de hoja verde,
un beso fugaz y eterno,
el viento como un susurro
y un río de sueños lleno.
Dame cristales y plumas,
lunas pálidas y mares,
perlas y suaves aromas
y abejas en primavera.
Dámelo todo muy pronto
y yo me iré para siempre.

(Ana María Navales)


jueves, 30 de octubre de 2014

Cuando me ves quemar...

Cuando me ves quemar
barritas de incienso
por la casa,
encender linternas
por oscuros pasillos
o avivar el fuego
junto a las paredes desnudas,
te pones en guardia.
Crees que mi corazón anda
revuelto en primaveras
de sorpresa, que acaso
se ha aventurado por un secreto
pasadizo donde quiere morir
en su última batalla,
lentamente, sobre las ruinas
de aquel edificio junto al mar
que alguna vez fue la vida.


(Ana María Navales)

martes, 28 de octubre de 2014

Ahora el horizonte es sólo lágrima...

Ahora el horizonte es sólo lágrima
y el barco busca su muerte entre las rocas.
Saltan puñales en el agua
como un temblor de noche en la memoria,
pero aún retienes en tu mano abierta
un abanico de luz, una alondra,
audaces canciones que del tiempo escapan.
Una lluvia de espinas más allá de tus ojos,
nada que anuncie la orilla de otros mares,
ríos secretos, los peces que un instante brillan
y dejan caer su luz entre las olas.
Hasta el arrabal de tu sueño de jazmines,
hasta tu torre desnuda de rosas y de labios,
llegan la edad y el frío de tu cuerpo ausente.
Acaso ya para tu viaje no hay camino.

(Ana María Navales)


lunes, 27 de octubre de 2014

La imagen que refleja el agua...

La imagen que refleja el agua
pertenece a un lejano espejo
de otra vida.
No es una nube o una sombra
con la boca abierta al otoño,
a la caricia que el aire arranca de los buitres.
Una palabra puede iluminar la noche
o caer sobre el miedo de un niño
como una piedra en el fondo del estanque
que bajo la luna sueña con ser pájaro.
Otra mujer brilla en el recuerdo,
tiene mis ojos y mis labios,
pero el rostro de agua y el rostro de tierra
no son el mismo
y alguien alza murallas,
separa el sol de ese cuerpo desnudo
sobre el látigo que palpita en las horas.
Nadie oye el grito del animal salvaje
perdido en la decepción del bosque
cuando el camino se convierte en frontera
y el día envejece como un invierno largo
y silencioso.
No hay espejo más frágil que el agua;
imposible colocar este rostro sobre el mío.


(Ana María Navales)

miércoles, 22 de octubre de 2014

Gime la tarde de grises y geranios...

Gime la tarde de grises y geranios
las palomas están quietas y oscuras,
y alguien se adueña de mi vida
y la arrastra más allá del horizonte.
La página es arena
que el aire levanta hacia las nubes
donde se entrelazan las siluetas de los ángeles
cubriendo el vacío con sus alas.
Mi espacio es la huella de un violín callado,
de una mano inmóvil y tendida
a la espera de que el verso la acaricie.
Y pasa el poema sin rozar la tarde
sin haberme mirado
como un niño que crece en la costumbre
de estar solo
y entre viejos juguetes se olvida del mundo.


(Ana María Navales)

martes, 21 de octubre de 2014

Suceden noches

Suceden noches de agonía plena,
en que el sueño es vigilia de ceniza,
latido donde rutas bendecidas
sin horizonte yacen, y te adviertes
ausente de equipaje, paralítica
de esperas, y persistes, y te palpas
muda alondra sin alas y sin nido.

Triste cosa es la noche si el soñar
se espanta, y, en el día,
todas las rosas duermen.


(Rosaura Álvarez)

lunes, 20 de octubre de 2014

Claroscuro

No soy testigo de la luz. Nunca lo he sido.

Inmensa luz nos ciega, si en sombra no te acoges.

En profundos templos de negrura evocas
paraísos de soles vesperales.

¡Hermosísimo sueño,
que concibiendo vibra y gestando abre
volcanes del sentido!
para presentir siempre, augurar.

Lo dulce es el temblor.

Más bella que el día es el alba.

Desengáñate:

La luz total no existe, si belleza;
mas necesario resplandor.

Lo idílico del bosque es la claridad
que las sombras filtran.


(Rosaura Álvarez)

domingo, 19 de octubre de 2014

En el periódico leemos...

En el periódico leemos:

-La poesía parnasiana...
-Se ha desbordado un río...
-Se estrelló otro avión...
-El prisma individual...

Bueno, que se termine el mundo,
dame el anzuelo de tus dedos,
que soy un pez.

(Carmen González Más)


sábado, 18 de octubre de 2014

Todo escapa al final...

Todo se escapa al final.
Hoy me avanzo con fiebre de olvido y de derrota,
con la imagen del humo que de mí fui tallando.
Nadie ha dicho mi nombre desde aquella niñez
fugaz como una sombra,
ni aún después nadie quiso, digámoslo despacio,
deletrear mi ser.
No, ni yo tampoco.
Me negué a pronunciarme
por miedo a que mi voz se extraviase.
Ni quise que mi nombre se pusiera
al alcance del público,
hacerlo mercancía.

Mi Yo se me confunde con mi imagen de ahora
en esta soledad que carcome el desierto.
Las distancias juntaron mis espacios
y me adherí a mi muerte sin saberlo.
El sol se fue ocultando oscuramente
y se fue haciendo tarde. Inmensamente tarde
para inventar de nuevo la que soy.

(María Teresa Cervantes)


jueves, 16 de octubre de 2014

Memoria

Tiempo atrás, vida atrás, me recogí en mi sangre
y aniñé mi esperanza para crear un fruto.
En el tierno silencio de aquellos largos meses
nos mecía a los dos el giro de la tierra.
Después, al alumbrarlo, la tierra se detuvo.

(María Victoria Atencia)


martes, 14 de octubre de 2014

Mujer de Lot

Se te iba haciendo el cuello de sal y la sonrisa
de piedra, y eran páramos los campos
y la ciudad azufre, y habías vuelto el rostro
fuera del orden propio natural (o invitada
por ese mismo orden), olvidando la antigua
dulzura consabida, y supiste de pronto
que era aquel gesto tuyo quien prendía las llamas.


(María Victoria Atencia)

lunes, 13 de octubre de 2014

En una esquina de la espalda

Sí, en una esquina de la espalda.
En una esquina de la espalda
está este nido triste, el sol de ahora
lo va palpando, Buscador; inútil:
no llega el rayo ni el temblor dorado,
hay algo entre cristales muy oculto.
Sí, en una esquina de mi espalda
hay un sol muerto hace miles de años.
Tú, Buscador, abres tu mano larga,
como una venda, como un presagio...
Y salen de tus ojos horizontes.


(Elena Andrés)

viernes, 10 de octubre de 2014

El secreto

Otros aman el agua y sus mentiras: los soñados abismos donde el coral esconde sus navajas y baila el tiburón su vals mortal y sonriente. Otros aman el agua: la engañosa nevada que promete un albo porvenir cuando lo cierto es que el futuro, inevitablemente, nos ahoga en fango. Y también, desde luego, están los visionarios, los que con desesperación buscan el espejismo de una deslumbradora cosecha de estalactitas, de translúcidas, duras y permanentes estalactitas. Son los eternos náufragos vivientes, los jardineros del profundo abismo, sonámbulos recolectores de medusas, cuidadores de légamos y cefalópodos. Desterrados del aire, han convertido su destino en vocación constante de bautismo, en rito permanente de limpieza.
En cambio tú, criatura de las sombras, amaste el fuego y sus liquidaciones. Amaste el resplandor de las entrañas, la pantera voraz de la lujuria. Delmira de la lava y la erupción, Delmira del rescoldo en fuga, del fuego calcinante. Amaste el terremoto de la carne candente que jamás perdona, que no consiente pausas ni abandonos. Amaste el fuego porque eras el fuego, adoraste el volcán porque eras lava. Y acabaste tu vida como las estrellas: una noche cualquiera, allá en los cielos, tu vida reventó como una nova. Te llevaste a los astros tu secreto. Tal vez en un tiempo futuro tu luz nos ilumine y entendamos, por fin, cómo vive una estrella en el oscuro reino de la muerte.

(Francisca Aguirre)


miércoles, 8 de octubre de 2014

Hace Tiempo

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos, y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedaban sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.

(Francisca Aguirre)



martes, 7 de octubre de 2014

Paisajes de papel

Aquella infancia fue más bien triste.
Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible.
Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento.
Éramos serios y aburridos.
Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces:
sin resquicios y tristes.
Veo a mis pocos años observar con ahínco,
tras el cristal opaco, la calle larga y gris:
el sol estaba lejos y era lo único barato,
lo único que traía alegría sin exigirnos nada.
Veo a mi niña, adulta y consecuente
con un programa bien trazado:
crecer, crecer muy pronto, darse prisa
-ser niño era una carga demasiado pesada
para nosotros y para los grandes-.
Sólo en verano el mundo parecía asequible,
durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida.
Lo gris volvía siempre muy pronto.
Un día amanecimos lentas, crecidas,
llenas de miedo, de presente.
Buscábamos palabras en el diccionario
con el afán de comprenderlo todo:
necesitábamos hacer lenguaje.
Algunos nos miraron con asombro,
decían que éramos inteligentes.
Nosotras, durante los dolientes domingos
dibujábamos inseguros paisajes.
Durante mucho tiempo ésas fueron todas mis excursiones.
Salir a un campo que no fuera pintado
suponía gastar unos zapatos.
Salir, salir, ése era el sueño,
abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios:
¡mi reino por un trabajo!

¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días?
¿Cómo añorarlos sin desconfianza?
Se arrugaron, igual que los paisajes de papel,
mientras crecíamos hacia este desconsuelo que hoy nos puebla.

(Francisca Aguirre)

lunes, 6 de octubre de 2014

A golpe de remo


A golpe de remo,
a golpe de mar,
te alejas entre brumas.

Un día,
hermano mar,
me llevarás al fondo,
seré pastor de algas,
de peces y corales.

Cuando me esté extinguiendo
buscaré caracolas que te lleven mi eco,
que te acerquen mi ruego,
y si la espuma crece,
serán palabras mías,
telegramas de muerte.

(Carmen González Más)


Muñeca rota


¿Qué me intenta decir tu deterioro? Vente,
muñeca frágil y doliente y herida,
sin faldones que cubran tu cuerpo descompuesto,
sin un alma mecánica que te cubra, desastre
de los años y el trato.
No me aparté de ti; nos apartaron
convenciones y usos: no era propio quererte,
y hoy pienso que otras manos te han mecido en exceso.

(María Victoria Atencia)


domingo, 5 de octubre de 2014

Life-Boat

Hay siempre una galerna
en el rincón del lienzo por donde el mar se rompe,
que nos fuerza a adentrarnos
en busca de la vida,
aunque después las olas
devuelvan nuestros restos contra el embarcadero. 

(María Victoria Atencia)

El Conde D.

Cada noche te espero desde antes de acostarme,
y cuando sobrevienes, agregada presencia
a mi quehacer, pareja de topacios que rompe
contra la piedra azul serena de los míos, 
dócilmente interrumpo mi sueño y, pues prefieres
las sombras, me levanto y cierro las cortinas.
Ya puedes reclinar tu cabeza en mi hombro
y aposentar tus dientes con su sed en mi aorta,
boá de Transilvania que me cercase el cuello. 
El mosto de la muerte con su empacho te alienta.
Me voy quedando fría en tanto que amanece
y sorbes acremente mi paz a borbotones. 

(María Victoria Atencia)

sábado, 4 de octubre de 2014

Epílogo

¿Y qué pasa cuando un día te levantas y ves que todo ha desaparecido? Las cosas están en su sitio, pero no tienen existencia. Miras la cuchara y el plato y sabes que no sirven. Te acercas al balcón y el aire no te llega. Tal vez el mundo no ha sido más que una alucinación, o mejor todavía, un espejismo, puesto que lo que te rodea es el desierto. Miras, qué vas a hacer sino mirar. El cansancio te ha convertido en una fiera muda. Pero eres una fiera pacífica, domesticada por algo que debió formar parte de lo que se ha ido. Y con todo ello ha debido marcharse también algo de ti. Algo que ni siquiera echas de menos, porque el cansancio te ha horadado y ya sólo ocupan tu ser los agujeros. 
Miras en torno tuyo los enseres y sospechas que en un tiempo fueron tal vez tu reino. ¿Tu patria fueron estas desahuciadas materias? Los opacos cojines, los muebles deslustrados, el tiempo apacentándose entre manteles y cortinas.
Una lluvia desapacible te pega el pelo sobre el rostro. Arrastrando los pies llegas a la ventana; tal vez si consigues abrirla el agua fluirá hacia fuera. Pero te quedas con el rostro pegado a los cristales. Hoy todo está vacío, las ventanas no dan a ningún sitio. Cúbrete la cabeza con cualquier harapo y espera, espera entre tus pertenencias: la noche está cayendo y es posible que mañana las cosas vuelvan a su antigua historia y este páramo desolado sea, alguna vez, tu tierra prometida. 

(Francisca Aguirre)

jueves, 2 de octubre de 2014

Reserva natural



Con todo lo que hay dentro de mí
que araña, que se queja,
que duele y se resiste,
con todo eso voy a hacer mi invernadero,
mi parque, mi reserva natural. 
Así nadie podrá acusarme 
de atentar contra la continuidad de la especie.
En mi reserva
pastarán las fieras
y crecerán las plantas carnívoras;
allí estarán desde el insecto al cocodrilo
todas mis conocidas bestias,
y yo me encargaré de su alimento y su custodia.
Pero sabedlo,
la entrada está prohibida. 
Mis animales y mi selva
no son para turistas o estudiantes,
mis animales pueden matar:
extranjeros,
no rocéis la puerta.
Pasad, pasad de largo,
es peligrosa esta reserva.

(Francisca Aguirre)

martes, 30 de septiembre de 2014

La voz

Aquella tarde me dolía el cuerpo.
Era un dolor vulgar
de materia imperfecta que se quiebra. 
Aquella gente extraña
con quienes compartía diariamente
el techo, el pan y el agua -claro que les pagaba-,
indiferentemente me observaban.
Y lo sabían, sí, moscardones horribles,
enlutados por alguien que ni habían amado.
Con un zumbido hiriente
bajo sus tan peludas y viscosas alas.
Con ese tornasol que da la envidia
cuando orea las almas.
Con sus antenas rígidas, sin vibración posible, 
viviendo para sí.
Con la brutalidad de las piedras intactas. Sin un hoyuelo leve
para mi dolor grave.
                                            Ya en la mesa
sentí avanzar el llanto
impetuosamente desde el corazón.
Era la humillación que se acercaba. No debía de ser.
Sacudí fieramente mi cabeza, la eché hacia atrás erguida
y me puse a comer -¿comer?-, sólo sé que tragaba,
pero no sé si carne, si pescado, si llanto.
Salí de aquella casa maldiciendo. Bueno,
maldecir no sabía, pero dije con furia:
"Yo bailaré una rumba en vuestro vientre
cuando el dolor os nazca con la vida."
-No te asustes, Señor, nunca lo haría;
este pequeño corazón es bobo-.


Con ansiedad de corza perseguida,
asustada y herida, dando saltos y huyendo
me refugié en el hueco de unos brazos. 
Buscaba una palabra, una pregunta tierna que cubriera
aquella desnudez que me asolaba.
Pero tampoco allí logré encontrarla. En aquellas arterias
el deseo giraba
vertiginosamente, y no era mi dolor lo que apresaban.
Huí, huí de nuevo. Aquello era peor. Allí yo amaba.
Con mi doble dolor a las espaldas -ahora,
me dolía ya el alma-,
penetré en una iglesia. Dios estaba allí.
Como si lo ignorase
le fui contando quedamente todo.
Él se quedó callado, mudamente callado. Sí, sí, y me había escuchado,
lo sabía, pero nada me dijo.
Nada me preguntó tampoco Él. Su silencio
aumentó mi tormento. Salí a la calle
con un vestido nuevo
de confusión, de niebla, pero a la vez rasgado.
Se veían mis muslos. Contraídos, con sus tendones rígidos,
porque mis pies, por vez primera, sí,
querían pisar fuerte, desgarrar el asfalto
y herirlo, herirlo tanto
cuanto que a mí él me hería
tenazmente.

Las bocinas, los guardias, aquella gente que me avasallaba
para pasar delante -como si hubiera premio
al final de la acera-,
era tremendo y duro.
De pronto, 
sentí una voz suave
que reconocí:
"Qué tienes hija, qué te pasa, dime."
¡Madre!, dije bajito, y me quedé pegada
al ceniciento asfalto
que mis suelas
venían machacando con ahínco.
Las estridentes voces de un taxista -que tuvo que frenar
para no atropellarme-, me hicieron despertar.
Estaba tan contenta, que hasta le sonreí,
olvidando de pronto sus feroces insultos.
No quise ya esperar el ascensor para tomar el Metro.
Bajé las escaleras
saltando igual que un niño, de tres en tres. Silbando
una canción ligera, y por la noche
aquellos moscardones enlutados
me parecieron ya casi palomas.

(María Elvira Lacaci)



lunes, 29 de septiembre de 2014

No son la libertad...

No son la libertad esas auroras
en que el rocío queda
haciéndole visiones al prodigio.

Si la tierra no es tuya, 
si el aire no posees,
si compartes la flor
y te roban los frutos
siempre amanecerás en cautiverio.

La libertad es otra
verdad y va contigo.
Ser libre es estar solo, o con alguien
que, a lo más, nos refleje.

(María de los Reyes Fuentes)

viernes, 26 de septiembre de 2014

A mi madre

Subiendo por la noche,
tanteando
las súbitas paredes
que levantó la ausencia,
busco, madre, tu lámpara,
aquella luz humilde
que en tus dedos nacía
como nace en la hierba
el fulgor del rocío.

Nunca he visto
nada más esplendente que tus manos.
Y ahora,
cuando ya dedicadas a la muerte me faltan,
puedo hallar la medida
exacta de lo oscuro.

Dura es tu ausencia, madre.
Y qué difícil
acomodar en ella
el corazón, como si fuera un pájaro indefenso,
sin aire que sostenga
la gracia de su vuelo.

Tiende tus manos,
tan claras,
tan llenas de bienaventuranza 
hacia mí.
Rescátame
de tanto desamparo,
ahora,
en este instante
en que a tientas camino
mendigando,
un poco
de tu esplendor...

Pero es inútil, madre,
mi búsqueda.
Sólo la sombra y sus estalactitas
me acuden.
Sólo el frío y su atado de ortigas;
sólo el viento que rompe
la rosa encendida del alba
y me entrega, maligno
su música.

Dura es la noche, madre.
No me dejes en ella
tan sola, 
sin tu lámpara,
sin el destello o mínimo relámpago
que siempre 
pusiste en mi camino.

(Angelina Gatell)


jueves, 25 de septiembre de 2014

Destino


Sólo sombras me dieron.
Con semilla de sombra fecundaron el vientre,
la cárcava sumisa
donde tuve mi origen de sombra.

Me arroparon con sombra. Me dieron
pan de sombra amasado
por manos de sombra y condena.

Fui creciendo anegada de sombra,
ahogándome en mares de sombra, 
pisando caminos de tedio y de sombra,
llevando en los labios
una dura señal de sombra y de silencio.

A mi voz opusieron densas sombras, cegando
la plural hermosura que a mi boca afluía.
Largo trago de sombra acudió a mi garganta,
a mi sed insaciable.

Con pedradas de sombra derribaron mis manos,
abatieron mis ramos celestes.
Un látigo de sombra golpeó mi alegría,
dejó el aire vacío de rosas,
apagó las estrellas, el beso, la sangre.

Con un lienzo de sombra envolvieron la clara,
rebelde sonrisa.
Me poblaron de sombra la frente y los párpados.
Una llave de sombra cerró para siempre 
las puertas del alba.

Y con muros de sombra me hicieron la casa.
Y amueblaron de sombra y de espanto
la alcoba nupcial,
asediando mi cuerpo,
cercando de sombra furiosa mi vientre.

Y vinieron, cubiertos de sombra,
mis hijos.

(Angelina Gatell)

Emma Bovary



Llueve sobre cualquier pueblecito de Francia
como llueve en París
Como llueve en San Juan de Puerto Rico
o en New York
o en Luarca
Y la lluvia se va metiendo por la carne
Y cala el corazón
Y se empapan los miembros

La lluvia es fina
pero es mucha
Va calcinando una pared espesa
y duele
Y nos hacemos sangre
cuando queremos apartarla

Afuera de la lluvia
Al otro lado
Acaso está la vida
Y el amor
O la muerte

Qué espesos son los muros
Cómo duele apartarlos
Cómo se nos aprietan en torno
¿Quién se atreve a romperlos?

Fuera
la lluvia cae
y duele
y pesa
Como siempre.

(Aurora de Albornoz)

Sé que me roban algo

(*a mí me pasa cada noche, y cada noche que pasa es más terrible)



Y todo este quedar sobre las playas,
para morirse un día.
Dicen que allí...
Pero respondo que vivo ahora.
Que es sobre esta tierra donde estoy,
en donde me conozco,
en donde estoy muriendo
un poco más a cada instante.
Sobre esta tierra que me roban,
sobre estos prados que me huelen
a muerte inhabitada.
Que debe ser aquí, en donde somos.
Que este vivir para la muerte
no es vivir humano. Nadie me hará creerlo.
Alguien me debe algo
que no estará en la muerte
y duerme sobre el pecho 
estrellado del mundo.
Sé que en alguna parte
alguien me quiere débil
para domar mi sangre.
Para robarme esta
vida que exijo ahora,
para hacer de mí un cuerpo mortificado
y dulce
escondiéndome sombras
por detrás de la muerte.
Sé que me roban algo
y no sé quién, ni dónde.

(Julia Uceda)

miércoles, 24 de septiembre de 2014

No le pido a los seres perdón por mi existencia

No le pido a los seres perdón por mi existencia.
La levanto y la empuño como a un viento domado.
Antes que ser un árbol, antes que inexistencia,
este calor de establo de mi pecho pisado.

Existir sobre todo. Adoro la presencia
de la luz que la sombra quisiera haber cegado,
el rumor de la sangre, la dulce incontinencia
del labio que otra carne quisiera sepultado.

Yo no pido disculpas por mi ser sin medida,
por mi ser oceánico, por mis ansias de vida,
por la vida caliente que se quema en las horas.

Y seguiré viviendo aunque madres horrendas
clamen sobre los montes, rasguen rostros y vendas
y suelten sobre el mundo tijeras destructoras. 

(Julia Uceda)

domingo, 14 de septiembre de 2014

Porque todos interpretamos en esta vida un papel (II)

Se te está viendo la otra.
Se parece a ti:
los pasos, el mismo ceño,
los mismos tacones altos
todos manchados de estrellas. 
Cuando vayáis por la calle
juntas, las dos,
¡qué difícil el saber
quién eres, quién no eres tú!
Tan iguales ya, que sea
imposible vivir más
así, siendo tan iguales.
Y como tú eres la frágil,
la apenas siendo, tiernísima,
tú tienes que ser la muerta.
Tú dejarás que te mate,
que siga viviendo ella,
embustera, falsa tú,
pero tan igual a ti
que nadie se acordará
sino yo de lo que eras.
Y vendrá un día
-porque vendrá, sí, vendrá-
en que al mirarme a los ojos
tú veas
que pienso en ella y la quiero:
tú veas que no eres tú.

(Pedro Salinas)

Porque todos interpretamos en esta vida un papel (dedicado a Esther :* )


Ahí, detrás de la risa,
ya no se te conoce.
Vas y vienes, resbalas
por un mundo de valses
helados, cuesta abajo;
y al pasar, los caprichos,
los prontos te arrebatan
besos sin vocación,
a ti, la momentánea
cautiva de lo fácil.
"¡Qué alegre!", dicen todos.
Y es que entonces estás
queriendo ser tú otra,
pareciéndote tanto
a ti misma, que tengo 
miedo a perderte, así.

Te sigo. Espero. Sé
que cuando no te miren
túneles ni luceros,
cuando se crea el mundo
que ya sabe quién eres
y diga: "Sí, ya sé",
tú te desatarás,
con los brazos en alto,
por detrás de tu pelo, 
la lazada, mirándome.
Sin ruido de cristal
se caerá por el suelo,
ingrávida careta
inútil ya, la risa.
Y al verte en el amor
que yo te tiendo siempre
como un espejo ardiendo,
tú reconocerás 
un rostro serio, grave, 
una desconocida
alta, pálida y triste,
que es mi amada. Y me quiere
por detrás de la risa.

(Pedro Salinas)


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Grande


No soy grande de altura
ni de nombre.

¿Para qué me preguntas
dónde he guardado los planos
en los que diseñé
la catedral de Chartres?

Yo soy la que envió la plaga de langostas
al pueblo en que naciste,
la que estornuda encima de tu cara
y te llena los sueños de microbios,
bacterias y otros pequeños seres adiestrados
que siempre van conmigo.

No he traducido el Cantar de los Cantares.
No he filmado a ningún grupo
de obreros
saliendo de una fábrica.
Jamás he utilizado una caverna como imagen
para exponer ninguna tesis filosófica.
Ni he viajado a París con aguacero
para morir de poesía.

No soy grande de altura
ni de nombre.

De hecho, sólo tú has sido capaz
de verme
sin la necesidad de un microscopio.

(Julia Conejo Alonso)

martes, 9 de septiembre de 2014

Puerta que al abrirse muestra una playa


No te he abandonado.

Mis cosas no te hablarán del nunca,
pero es que había en ese silencio mucho ruido,
y las avispas que te daban miedo
parecía que habían hecho nido en mis ojos,
estaba muy deshilachado ya para sostenerte.

Ahora silente, cautivo adrede en otro orden,
como en una casa donde he prohibido tu perfume, 
donde no voy llenando los rincones de promesas, 
estoy buscándome de nuevo en otro azul,
estoy sin estar, sé que es algo raro
y tú no lo sabes, pero a veces te cobijo,
te pienso, y el día acaba 
pareciéndose a ti.

No te he abandonado,
tal vez volverán los momentos del vino,
de películas turcas
y boleros donde entonces tú no protagonices el estribillo,
de colocar de nuevo las ventanas, 
pero tenía despeinada la vida, 
busqué la sed que calma el agua,
algo semejante a los dedos protectores tras el raso
y estas palabras de fogueo, corroboran, hablan, 
mienten sólo en la mitad de su imagen
cuando te dicen,
que sigo estando.

Borra mis huellas anteriores, 
bórralas, menos el deseo a todo lo tuyo,
imagíname intacto y desconocido
como el destino deseado
que sólo conoces por postales.

Me fui porque te parecía triste la música si yo la cantaba,
estas alegrías sonaban por quebrantos,
me fui porque tus brazos compartían el vuelo
con las aves que huyen de las estaciones del frío.

Me fui porque iba tanto a buscarte que me cruzaba
conmigo de vuelta siempre sin noticias,
y se me iban enredando las ganas en el desconsuelo.
Me fui porque estas manos ya querían saberte de memoria.

No te he abandonado,
sólo me he ido leve, un poco,
el tiempo de un contraluz,
un ensayo, un desvelo,
lo que tarda en derretirse el alma de una vela.

Me fui porque esta esperanza
era tu asiento vacío
en un carruaje de plomo
con un caballo de piedra,
sobre un puente de cerillas.

No te he abandonado,
y créeme si te digo que estoy cerca
justo en la distancia de los pasos
que me protejan de intentar quererte de nuevo...

Y créeme si te digo que estoy lejos
pero justo en la distancia de los pasos
que me permitan volver a tu lado
si te hiere la vida.

(Rubén Tejerina)