martes, 30 de septiembre de 2014

La voz

Aquella tarde me dolía el cuerpo.
Era un dolor vulgar
de materia imperfecta que se quiebra. 
Aquella gente extraña
con quienes compartía diariamente
el techo, el pan y el agua -claro que les pagaba-,
indiferentemente me observaban.
Y lo sabían, sí, moscardones horribles,
enlutados por alguien que ni habían amado.
Con un zumbido hiriente
bajo sus tan peludas y viscosas alas.
Con ese tornasol que da la envidia
cuando orea las almas.
Con sus antenas rígidas, sin vibración posible, 
viviendo para sí.
Con la brutalidad de las piedras intactas. Sin un hoyuelo leve
para mi dolor grave.
                                            Ya en la mesa
sentí avanzar el llanto
impetuosamente desde el corazón.
Era la humillación que se acercaba. No debía de ser.
Sacudí fieramente mi cabeza, la eché hacia atrás erguida
y me puse a comer -¿comer?-, sólo sé que tragaba,
pero no sé si carne, si pescado, si llanto.
Salí de aquella casa maldiciendo. Bueno,
maldecir no sabía, pero dije con furia:
"Yo bailaré una rumba en vuestro vientre
cuando el dolor os nazca con la vida."
-No te asustes, Señor, nunca lo haría;
este pequeño corazón es bobo-.


Con ansiedad de corza perseguida,
asustada y herida, dando saltos y huyendo
me refugié en el hueco de unos brazos. 
Buscaba una palabra, una pregunta tierna que cubriera
aquella desnudez que me asolaba.
Pero tampoco allí logré encontrarla. En aquellas arterias
el deseo giraba
vertiginosamente, y no era mi dolor lo que apresaban.
Huí, huí de nuevo. Aquello era peor. Allí yo amaba.
Con mi doble dolor a las espaldas -ahora,
me dolía ya el alma-,
penetré en una iglesia. Dios estaba allí.
Como si lo ignorase
le fui contando quedamente todo.
Él se quedó callado, mudamente callado. Sí, sí, y me había escuchado,
lo sabía, pero nada me dijo.
Nada me preguntó tampoco Él. Su silencio
aumentó mi tormento. Salí a la calle
con un vestido nuevo
de confusión, de niebla, pero a la vez rasgado.
Se veían mis muslos. Contraídos, con sus tendones rígidos,
porque mis pies, por vez primera, sí,
querían pisar fuerte, desgarrar el asfalto
y herirlo, herirlo tanto
cuanto que a mí él me hería
tenazmente.

Las bocinas, los guardias, aquella gente que me avasallaba
para pasar delante -como si hubiera premio
al final de la acera-,
era tremendo y duro.
De pronto, 
sentí una voz suave
que reconocí:
"Qué tienes hija, qué te pasa, dime."
¡Madre!, dije bajito, y me quedé pegada
al ceniciento asfalto
que mis suelas
venían machacando con ahínco.
Las estridentes voces de un taxista -que tuvo que frenar
para no atropellarme-, me hicieron despertar.
Estaba tan contenta, que hasta le sonreí,
olvidando de pronto sus feroces insultos.
No quise ya esperar el ascensor para tomar el Metro.
Bajé las escaleras
saltando igual que un niño, de tres en tres. Silbando
una canción ligera, y por la noche
aquellos moscardones enlutados
me parecieron ya casi palomas.

(María Elvira Lacaci)



lunes, 29 de septiembre de 2014

No son la libertad...

No son la libertad esas auroras
en que el rocío queda
haciéndole visiones al prodigio.

Si la tierra no es tuya, 
si el aire no posees,
si compartes la flor
y te roban los frutos
siempre amanecerás en cautiverio.

La libertad es otra
verdad y va contigo.
Ser libre es estar solo, o con alguien
que, a lo más, nos refleje.

(María de los Reyes Fuentes)

viernes, 26 de septiembre de 2014

A mi madre

Subiendo por la noche,
tanteando
las súbitas paredes
que levantó la ausencia,
busco, madre, tu lámpara,
aquella luz humilde
que en tus dedos nacía
como nace en la hierba
el fulgor del rocío.

Nunca he visto
nada más esplendente que tus manos.
Y ahora,
cuando ya dedicadas a la muerte me faltan,
puedo hallar la medida
exacta de lo oscuro.

Dura es tu ausencia, madre.
Y qué difícil
acomodar en ella
el corazón, como si fuera un pájaro indefenso,
sin aire que sostenga
la gracia de su vuelo.

Tiende tus manos,
tan claras,
tan llenas de bienaventuranza 
hacia mí.
Rescátame
de tanto desamparo,
ahora,
en este instante
en que a tientas camino
mendigando,
un poco
de tu esplendor...

Pero es inútil, madre,
mi búsqueda.
Sólo la sombra y sus estalactitas
me acuden.
Sólo el frío y su atado de ortigas;
sólo el viento que rompe
la rosa encendida del alba
y me entrega, maligno
su música.

Dura es la noche, madre.
No me dejes en ella
tan sola, 
sin tu lámpara,
sin el destello o mínimo relámpago
que siempre 
pusiste en mi camino.

(Angelina Gatell)


jueves, 25 de septiembre de 2014

Destino


Sólo sombras me dieron.
Con semilla de sombra fecundaron el vientre,
la cárcava sumisa
donde tuve mi origen de sombra.

Me arroparon con sombra. Me dieron
pan de sombra amasado
por manos de sombra y condena.

Fui creciendo anegada de sombra,
ahogándome en mares de sombra, 
pisando caminos de tedio y de sombra,
llevando en los labios
una dura señal de sombra y de silencio.

A mi voz opusieron densas sombras, cegando
la plural hermosura que a mi boca afluía.
Largo trago de sombra acudió a mi garganta,
a mi sed insaciable.

Con pedradas de sombra derribaron mis manos,
abatieron mis ramos celestes.
Un látigo de sombra golpeó mi alegría,
dejó el aire vacío de rosas,
apagó las estrellas, el beso, la sangre.

Con un lienzo de sombra envolvieron la clara,
rebelde sonrisa.
Me poblaron de sombra la frente y los párpados.
Una llave de sombra cerró para siempre 
las puertas del alba.

Y con muros de sombra me hicieron la casa.
Y amueblaron de sombra y de espanto
la alcoba nupcial,
asediando mi cuerpo,
cercando de sombra furiosa mi vientre.

Y vinieron, cubiertos de sombra,
mis hijos.

(Angelina Gatell)

Emma Bovary



Llueve sobre cualquier pueblecito de Francia
como llueve en París
Como llueve en San Juan de Puerto Rico
o en New York
o en Luarca
Y la lluvia se va metiendo por la carne
Y cala el corazón
Y se empapan los miembros

La lluvia es fina
pero es mucha
Va calcinando una pared espesa
y duele
Y nos hacemos sangre
cuando queremos apartarla

Afuera de la lluvia
Al otro lado
Acaso está la vida
Y el amor
O la muerte

Qué espesos son los muros
Cómo duele apartarlos
Cómo se nos aprietan en torno
¿Quién se atreve a romperlos?

Fuera
la lluvia cae
y duele
y pesa
Como siempre.

(Aurora de Albornoz)

Sé que me roban algo

(*a mí me pasa cada noche, y cada noche que pasa es más terrible)



Y todo este quedar sobre las playas,
para morirse un día.
Dicen que allí...
Pero respondo que vivo ahora.
Que es sobre esta tierra donde estoy,
en donde me conozco,
en donde estoy muriendo
un poco más a cada instante.
Sobre esta tierra que me roban,
sobre estos prados que me huelen
a muerte inhabitada.
Que debe ser aquí, en donde somos.
Que este vivir para la muerte
no es vivir humano. Nadie me hará creerlo.
Alguien me debe algo
que no estará en la muerte
y duerme sobre el pecho 
estrellado del mundo.
Sé que en alguna parte
alguien me quiere débil
para domar mi sangre.
Para robarme esta
vida que exijo ahora,
para hacer de mí un cuerpo mortificado
y dulce
escondiéndome sombras
por detrás de la muerte.
Sé que me roban algo
y no sé quién, ni dónde.

(Julia Uceda)

miércoles, 24 de septiembre de 2014

No le pido a los seres perdón por mi existencia

No le pido a los seres perdón por mi existencia.
La levanto y la empuño como a un viento domado.
Antes que ser un árbol, antes que inexistencia,
este calor de establo de mi pecho pisado.

Existir sobre todo. Adoro la presencia
de la luz que la sombra quisiera haber cegado,
el rumor de la sangre, la dulce incontinencia
del labio que otra carne quisiera sepultado.

Yo no pido disculpas por mi ser sin medida,
por mi ser oceánico, por mis ansias de vida,
por la vida caliente que se quema en las horas.

Y seguiré viviendo aunque madres horrendas
clamen sobre los montes, rasguen rostros y vendas
y suelten sobre el mundo tijeras destructoras. 

(Julia Uceda)

domingo, 14 de septiembre de 2014

Porque todos interpretamos en esta vida un papel (II)

Se te está viendo la otra.
Se parece a ti:
los pasos, el mismo ceño,
los mismos tacones altos
todos manchados de estrellas. 
Cuando vayáis por la calle
juntas, las dos,
¡qué difícil el saber
quién eres, quién no eres tú!
Tan iguales ya, que sea
imposible vivir más
así, siendo tan iguales.
Y como tú eres la frágil,
la apenas siendo, tiernísima,
tú tienes que ser la muerta.
Tú dejarás que te mate,
que siga viviendo ella,
embustera, falsa tú,
pero tan igual a ti
que nadie se acordará
sino yo de lo que eras.
Y vendrá un día
-porque vendrá, sí, vendrá-
en que al mirarme a los ojos
tú veas
que pienso en ella y la quiero:
tú veas que no eres tú.

(Pedro Salinas)

Porque todos interpretamos en esta vida un papel (dedicado a Esther :* )


Ahí, detrás de la risa,
ya no se te conoce.
Vas y vienes, resbalas
por un mundo de valses
helados, cuesta abajo;
y al pasar, los caprichos,
los prontos te arrebatan
besos sin vocación,
a ti, la momentánea
cautiva de lo fácil.
"¡Qué alegre!", dicen todos.
Y es que entonces estás
queriendo ser tú otra,
pareciéndote tanto
a ti misma, que tengo 
miedo a perderte, así.

Te sigo. Espero. Sé
que cuando no te miren
túneles ni luceros,
cuando se crea el mundo
que ya sabe quién eres
y diga: "Sí, ya sé",
tú te desatarás,
con los brazos en alto,
por detrás de tu pelo, 
la lazada, mirándome.
Sin ruido de cristal
se caerá por el suelo,
ingrávida careta
inútil ya, la risa.
Y al verte en el amor
que yo te tiendo siempre
como un espejo ardiendo,
tú reconocerás 
un rostro serio, grave, 
una desconocida
alta, pálida y triste,
que es mi amada. Y me quiere
por detrás de la risa.

(Pedro Salinas)


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Grande


No soy grande de altura
ni de nombre.

¿Para qué me preguntas
dónde he guardado los planos
en los que diseñé
la catedral de Chartres?

Yo soy la que envió la plaga de langostas
al pueblo en que naciste,
la que estornuda encima de tu cara
y te llena los sueños de microbios,
bacterias y otros pequeños seres adiestrados
que siempre van conmigo.

No he traducido el Cantar de los Cantares.
No he filmado a ningún grupo
de obreros
saliendo de una fábrica.
Jamás he utilizado una caverna como imagen
para exponer ninguna tesis filosófica.
Ni he viajado a París con aguacero
para morir de poesía.

No soy grande de altura
ni de nombre.

De hecho, sólo tú has sido capaz
de verme
sin la necesidad de un microscopio.

(Julia Conejo Alonso)

martes, 9 de septiembre de 2014

Puerta que al abrirse muestra una playa


No te he abandonado.

Mis cosas no te hablarán del nunca,
pero es que había en ese silencio mucho ruido,
y las avispas que te daban miedo
parecía que habían hecho nido en mis ojos,
estaba muy deshilachado ya para sostenerte.

Ahora silente, cautivo adrede en otro orden,
como en una casa donde he prohibido tu perfume, 
donde no voy llenando los rincones de promesas, 
estoy buscándome de nuevo en otro azul,
estoy sin estar, sé que es algo raro
y tú no lo sabes, pero a veces te cobijo,
te pienso, y el día acaba 
pareciéndose a ti.

No te he abandonado,
tal vez volverán los momentos del vino,
de películas turcas
y boleros donde entonces tú no protagonices el estribillo,
de colocar de nuevo las ventanas, 
pero tenía despeinada la vida, 
busqué la sed que calma el agua,
algo semejante a los dedos protectores tras el raso
y estas palabras de fogueo, corroboran, hablan, 
mienten sólo en la mitad de su imagen
cuando te dicen,
que sigo estando.

Borra mis huellas anteriores, 
bórralas, menos el deseo a todo lo tuyo,
imagíname intacto y desconocido
como el destino deseado
que sólo conoces por postales.

Me fui porque te parecía triste la música si yo la cantaba,
estas alegrías sonaban por quebrantos,
me fui porque tus brazos compartían el vuelo
con las aves que huyen de las estaciones del frío.

Me fui porque iba tanto a buscarte que me cruzaba
conmigo de vuelta siempre sin noticias,
y se me iban enredando las ganas en el desconsuelo.
Me fui porque estas manos ya querían saberte de memoria.

No te he abandonado,
sólo me he ido leve, un poco,
el tiempo de un contraluz,
un ensayo, un desvelo,
lo que tarda en derretirse el alma de una vela.

Me fui porque esta esperanza
era tu asiento vacío
en un carruaje de plomo
con un caballo de piedra,
sobre un puente de cerillas.

No te he abandonado,
y créeme si te digo que estoy cerca
justo en la distancia de los pasos
que me protejan de intentar quererte de nuevo...

Y créeme si te digo que estoy lejos
pero justo en la distancia de los pasos
que me permitan volver a tu lado
si te hiere la vida.

(Rubén Tejerina)