viernes, 26 de septiembre de 2014

A mi madre

Subiendo por la noche,
tanteando
las súbitas paredes
que levantó la ausencia,
busco, madre, tu lámpara,
aquella luz humilde
que en tus dedos nacía
como nace en la hierba
el fulgor del rocío.

Nunca he visto
nada más esplendente que tus manos.
Y ahora,
cuando ya dedicadas a la muerte me faltan,
puedo hallar la medida
exacta de lo oscuro.

Dura es tu ausencia, madre.
Y qué difícil
acomodar en ella
el corazón, como si fuera un pájaro indefenso,
sin aire que sostenga
la gracia de su vuelo.

Tiende tus manos,
tan claras,
tan llenas de bienaventuranza 
hacia mí.
Rescátame
de tanto desamparo,
ahora,
en este instante
en que a tientas camino
mendigando,
un poco
de tu esplendor...

Pero es inútil, madre,
mi búsqueda.
Sólo la sombra y sus estalactitas
me acuden.
Sólo el frío y su atado de ortigas;
sólo el viento que rompe
la rosa encendida del alba
y me entrega, maligno
su música.

Dura es la noche, madre.
No me dejes en ella
tan sola, 
sin tu lámpara,
sin el destello o mínimo relámpago
que siempre 
pusiste en mi camino.

(Angelina Gatell)


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