domingo, 13 de noviembre de 2016

Tu recuerdo,
empecinado pájaro que me despierta en la noche. 
Culebra que desova sobre el azúcar y el llanto.

No hay manzanas en el sacrificio
Ni joyeros de nácar girando en la ignorancia.

Sólo el regurgitar de la memoria, 
el acopio de años, 
tu madeja infinita, 
itinerante,
alrededor del corazón.

Qué se esconde al otro lado
de esa mujer que era mi madre
y enloquecía más con cada internamiento.

Tu ojo se entreabre con la insolencia de lo insomne,
de la vigilia ciega y la esperanza.

Tu ojo, madre,
eternamente abierto
como una gran pregunta.

Tu ojo centinela iluminándome, 
tus palabras formando un avispero
en mitad de la infancia. 

(Rosana Acquaroni)

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