viernes, 10 de octubre de 2014

El secreto

Otros aman el agua y sus mentiras: los soñados abismos donde el coral esconde sus navajas y baila el tiburón su vals mortal y sonriente. Otros aman el agua: la engañosa nevada que promete un albo porvenir cuando lo cierto es que el futuro, inevitablemente, nos ahoga en fango. Y también, desde luego, están los visionarios, los que con desesperación buscan el espejismo de una deslumbradora cosecha de estalactitas, de translúcidas, duras y permanentes estalactitas. Son los eternos náufragos vivientes, los jardineros del profundo abismo, sonámbulos recolectores de medusas, cuidadores de légamos y cefalópodos. Desterrados del aire, han convertido su destino en vocación constante de bautismo, en rito permanente de limpieza.
En cambio tú, criatura de las sombras, amaste el fuego y sus liquidaciones. Amaste el resplandor de las entrañas, la pantera voraz de la lujuria. Delmira de la lava y la erupción, Delmira del rescoldo en fuga, del fuego calcinante. Amaste el terremoto de la carne candente que jamás perdona, que no consiente pausas ni abandonos. Amaste el fuego porque eras el fuego, adoraste el volcán porque eras lava. Y acabaste tu vida como las estrellas: una noche cualquiera, allá en los cielos, tu vida reventó como una nova. Te llevaste a los astros tu secreto. Tal vez en un tiempo futuro tu luz nos ilumine y entendamos, por fin, cómo vive una estrella en el oscuro reino de la muerte.

(Francisca Aguirre)


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