Subiendo por la noche,
tanteando
las súbitas paredes
que levantó la ausencia,
busco, madre, tu lámpara,
aquella luz humilde
que en tus dedos nacía
como nace en la hierba
el fulgor del rocío.
Nunca he visto
nada más esplendente que tus manos.
Y ahora,
cuando ya dedicadas a la muerte me faltan,
puedo hallar la medida
exacta de lo oscuro.
Dura es tu ausencia, madre.
Y qué difícil
acomodar en ella
el corazón, como si fuera un pájaro indefenso,
sin aire que sostenga
la gracia de su vuelo.
Tiende tus manos,
tan claras,
tan llenas de bienaventuranza
hacia mí.
Rescátame
de tanto desamparo,
ahora,
en este instante
en que a tientas camino
mendigando,
un poco
de tu esplendor...
Pero es inútil, madre,
mi búsqueda.
Sólo la sombra y sus estalactitas
me acuden.
Sólo el frío y su atado de ortigas;
sólo el viento que rompe
la rosa encendida del alba
y me entrega, maligno
su música.
Dura es la noche, madre.
No me dejes en ella
tan sola,
sin tu lámpara,
sin el destello o mínimo relámpago
que siempre
pusiste en mi camino.
(Angelina Gatell)
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viernes, 26 de septiembre de 2014
jueves, 25 de septiembre de 2014
Destino
Sólo sombras me dieron.
Con semilla de sombra fecundaron el vientre,
la cárcava sumisa
donde tuve mi origen de sombra.
Me arroparon con sombra. Me dieron
pan de sombra amasado
por manos de sombra y condena.
Fui creciendo anegada de sombra,
ahogándome en mares de sombra,
pisando caminos de tedio y de sombra,
llevando en los labios
una dura señal de sombra y de silencio.
A mi voz opusieron densas sombras, cegando
la plural hermosura que a mi boca afluía.
Largo trago de sombra acudió a mi garganta,
a mi sed insaciable.
Con pedradas de sombra derribaron mis manos,
abatieron mis ramos celestes.
Un látigo de sombra golpeó mi alegría,
dejó el aire vacío de rosas,
apagó las estrellas, el beso, la sangre.
Con un lienzo de sombra envolvieron la clara,
rebelde sonrisa.
Me poblaron de sombra la frente y los párpados.
Una llave de sombra cerró para siempre
las puertas del alba.
Y con muros de sombra me hicieron la casa.
Y amueblaron de sombra y de espanto
la alcoba nupcial,
asediando mi cuerpo,
cercando de sombra furiosa mi vientre.
Y vinieron, cubiertos de sombra,
mis hijos.
(Angelina Gatell)
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