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miércoles, 10 de septiembre de 2014
Grande
No soy grande de altura
ni de nombre.
¿Para qué me preguntas
dónde he guardado los planos
en los que diseñé
la catedral de Chartres?
Yo soy la que envió la plaga de langostas
al pueblo en que naciste,
la que estornuda encima de tu cara
y te llena los sueños de microbios,
bacterias y otros pequeños seres adiestrados
que siempre van conmigo.
No he traducido el Cantar de los Cantares.
No he filmado a ningún grupo
de obreros
saliendo de una fábrica.
Jamás he utilizado una caverna como imagen
para exponer ninguna tesis filosófica.
Ni he viajado a París con aguacero
para morir de poesía.
No soy grande de altura
ni de nombre.
De hecho, sólo tú has sido capaz
de verme
sin la necesidad de un microscopio.
(Julia Conejo Alonso)
domingo, 22 de diciembre de 2013
Manicomio
La carretera nacional antiguamente
bordeaba el manicomio.
Un edificio gris
con una torre al lado
en forma de pirámide.
En mi asombro infantil imaginaba
-aunque nunca lo vi-
que los internos,
observados de cerca por sus médicos
eran instados a trepar
para medir
su grado de locura
según el punto de altitud
que hubieran alcanzado.
Hoy hay una autovía
que circunvala el horror,
y el edificio
-transformado en psiquiátrico-
queda muy lejos de nuestras miradas.
Ya no hay locos tampoco.
Sólo estamos
quienes sufrimos trastornos psicológicos,
dormimos cada noche en nuestra cama,
soñamos
con trepar
a lo más alto
de la más alta torre
y quedarnos allí,
en el lugar exacto
donde el descenso resulte ya imposible.
(Julia Conejo Alonso)
Corazones de gominola
Intento imaginar,
cuando me besas,
que eres aquel muchacho incompetente
que apenas acertaba
a colocar sus labios encima de los míos
sin que las manos le sudaran.
El que desperdició tardes enteras
de estudiante en temporada de parciales
para confeccionar,
con gominolas de corazón
y regalices rojos,
una cuelga especial de cumpleaños
que adornase mi cuello
de ilusiones aún sin estrenar,
sin rotos hilvanados
ni descosidos tristes.
Pero sólo tropiezo con el hombre
que ya no se dedica
a la fabricación casera de collares,
sino a la destrucción de objetos cotidianos.
Teléfonos,
cristales,
emociones,
promesas de futuro...
(Julia Conejo Alonso)
cuando me besas,
que eres aquel muchacho incompetente
que apenas acertaba
a colocar sus labios encima de los míos
sin que las manos le sudaran.
El que desperdició tardes enteras
de estudiante en temporada de parciales
para confeccionar,
con gominolas de corazón
y regalices rojos,
una cuelga especial de cumpleaños
que adornase mi cuello
de ilusiones aún sin estrenar,
sin rotos hilvanados
ni descosidos tristes.
Pero sólo tropiezo con el hombre
que ya no se dedica
a la fabricación casera de collares,
sino a la destrucción de objetos cotidianos.
Teléfonos,
cristales,
emociones,
promesas de futuro...
(Julia Conejo Alonso)
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