¿Lo recuerdas?
La nieve, un verde helado como nunca,
las botas hundidas, mi madre en el balcón
observándonos jugar.
Reías, te prometo que fui capaz
de escucharte reír,
saltabas y te hundías en la nieve,
y no entendiste nada,
y yo comprendí todo.
Es ese quizá el recuerdo más sencillo de todos mis años.
Aprendí de la vida
que debía cuidarte, colocarme entre tu cuerpo y el
mordisco,
oler tus silencios y el más mínimo gesto,
protegerte sin necesidad de un peligro,
quererte entero y sin fisuras, sin errores,
con la tranquilidad que da amar a quien te ama.
Aprendí de la vida a quererte de igual modo,
a amar este equilibrio nuestro,
la igualdad de latido,
a confiar sin atender el tiempo
que tarda uno en encontrar la calma,
a buscar lo urgente sin ninguna prisa,
y a llegar a casa,
y que mi casa sea mi casa porque tú me esperas,
y que tu casa sea tu casa porque siempre vuelvo.
Aprendí de la vida
a estar siempre alerta,
pero cuando vino a golpearte esa alarma no sonó,
cuando vino a castigarte no se escuchó nada,
cuando vino a herirte el silencio había perdido su olor,
y no fui capaz, mi vida, esa vez no fui capaz,
y a una palabra de mi boca estuvo de llevarte,
a una única palabra de abandonarte,
a ti, a tu ruido, a la mirada que me enseña, a mi casa,
a una única palabra de arrancarte de mi lado.
Cuánto daño cabe
en las heridas que no se ven.
Cuánto duele lo que no se merece.
Te llevé entonces conmigo,
desoí el futuro y te llevé a otro sitio más amable,
tan diminuto, tan débil, tan hueso,
te arropé con tres mantas
y mis dos brazos tan escasos entonces,
te abrigué con el tiempo, te cubrí con mi mantra,
-a los perros buenos no les pasan cosas malas-,
te guardé bajo este amor tan infinito, tan a cambio
de nada y todo, te guardé bajo el amor,
te velé, día y noche, semana y mes, te velé,
te prometí nieve y mar y sol si resistías, te prometí
lucha si aguantabas un poco más, un último esfuerzo,
acaricié todas las navajas que te perseguían,
custodié mi sueño con el tuyo, paré mi vida porque mi
vida
estaba enferma, me negué a seguir sin ti porque tus ojos
me pedían otra cosa, me pedían otra cosa,
me negué a la muerte, la negué mientras te afirmaba
a cada segundo.
Y tú me asentiste.
¿Escucharías la nieve? ¿Sería aquello suficiente para
salvarte
igual que lo hizo conmigo?
Nos quedan tantos años, tantas batallas
y tantas victorias.
Quizás tengan razón y la muerte sea tu espada,
pero yo soy tu escudo.
¿Puedes verlo?
Somos tú y yo,
en la nieve,
riendo juntos de nuevo.
(Elvira Sastre)
lunes, 5 de febrero de 2018
martes, 30 de enero de 2018
Soy la extraña correlación entre tu estado de ánimo y
la canción que suena en un taxi cuando no quieres volver a casa.
Me he cosido la boca con dulzura
para que los besos que niegue,
al relamer,
me sepan a lo que soy:
un caramelo.
No quiero desaparecer en otra boca.
Todavía no tengo todas las piezas y
uno tiene que recuperarse para poder ofrecerse.
Esto es todo lo que me falta,
siento no poder darte menos problemas.
-Con lo que te gusta resolverme mientras todo se complica
bajo mi distraída mirada-
Porque os convertiría en cualquiera
hace tiempo que no duermo con cualquiera.
Porque me convertiría en cualquiera.
Todos los hombres que acaricié se están vengando de mí.
Me retuercen las manos por haber amado a la mujer
como no supieron ellos,
pero ninguno me preguntó
el único secreto que no planeé esconder.
Esto es tan simple como que mi mano derecha es la maestra
de todo lo que quiere olvidar la izquierda;
sospecho que nunca firmaré una tregua conmigo.
¿Para cuándo entonces la paz de la que hablan las doctrinas
de mi nombre?
Si no quiero que me toquen es porque soy pegadiza y
me he convertido en la canción más triste del mundo.
Porque me he caído como la última gota al vaso de ácido
que se derramó en las rodillas.
Porque se me han partido todas las uñas en el vientre
y
no me apetece hablar de esto
-ni de esta
ni de aquel-.
No es cobardía,
es mi derecho a guardar silencio en ataúdes de niñas pelirrojas.
Ya no me quedan ni ases
ni cicatrices bajo la manga.
Me amo desnuda,
sin trapos,
sin trampas para ratones,
sin cascabeles que delaten al gato.
Mi jaula es un anillo de fuego
y yo un pájaro.
Saldré cuando yo quiera,
no cuando otro me ame.
(Irene X)
la canción que suena en un taxi cuando no quieres volver a casa.
Me he cosido la boca con dulzura
para que los besos que niegue,
al relamer,
me sepan a lo que soy:
un caramelo.
No quiero desaparecer en otra boca.
Todavía no tengo todas las piezas y
uno tiene que recuperarse para poder ofrecerse.
Esto es todo lo que me falta,
siento no poder darte menos problemas.
-Con lo que te gusta resolverme mientras todo se complica
bajo mi distraída mirada-
Porque os convertiría en cualquiera
hace tiempo que no duermo con cualquiera.
Porque me convertiría en cualquiera.
Todos los hombres que acaricié se están vengando de mí.
Me retuercen las manos por haber amado a la mujer
como no supieron ellos,
pero ninguno me preguntó
el único secreto que no planeé esconder.
Esto es tan simple como que mi mano derecha es la maestra
de todo lo que quiere olvidar la izquierda;
sospecho que nunca firmaré una tregua conmigo.
¿Para cuándo entonces la paz de la que hablan las doctrinas
de mi nombre?
Si no quiero que me toquen es porque soy pegadiza y
me he convertido en la canción más triste del mundo.
Porque me he caído como la última gota al vaso de ácido
que se derramó en las rodillas.
Porque se me han partido todas las uñas en el vientre
y
no me apetece hablar de esto
-ni de esta
ni de aquel-.
No es cobardía,
es mi derecho a guardar silencio en ataúdes de niñas pelirrojas.
Ya no me quedan ni ases
ni cicatrices bajo la manga.
Me amo desnuda,
sin trapos,
sin trampas para ratones,
sin cascabeles que delaten al gato.
Mi jaula es un anillo de fuego
y yo un pájaro.
Saldré cuando yo quiera,
no cuando otro me ame.
(Irene X)
jueves, 25 de enero de 2018
Rosa y Marie
La pena es pura y sagrada,
y hasta en la muerte puede haber belleza si sabemos vivirla.
Rosa Montero, la ridícula idea de no volver a verte
Por Rosa
Por Marie
No volveré contigo a casa
ni dejaré flores a los pies de tu cama,
y cuando preguntes "¿qué pasó?"
te dirán que el viento fue más rápido.
Querrás correr hacia un lugar en el que no me conozcas,
tener unos pies
que desanden los andenes que pisamos a la vez,
arrancarte mis caricias
de los huesos,
decir otro nombre cuando tu boca me extrañe tanto que
todo
te sepa a sal
y tenga tanta sed como miedo:
tu desierto estará lleno de puertas.
¿Lo entiendes?
La música será sólo otro ruido
y ya no podrás ponerle mi nombre al silencio
para darle voz.
Tu despertar será una nota
a destiempo.
Tu sueño,
un duelo contra ti misma.
El tiempo,
un reloj parado.
No te asustes:
sentirás que el mar es tu única
herida
porque ninguna otra salida será capaz de
abarcar tanto desahogo.
Pensarás que merezco el ardor
porque una vez fui fuego
en tus pupilas
y ya no puedes deshacerme.
Soportarás mi peso sobre tu
espalda como un último intento de alcanzar el sueño.
Tú suplicarás un alto al fuego.
Yo estaré tan vivo que tus recuerdos
me olvidarán.
Mi amor,
yo me iré
y tú sabrás cuidar las flores
que ya no te regale,
escribirás sobre todos mis huecos
cuando descubras
que mi peso reside en el aire que mueves en las calles
y en las comisuras alzadas de tu boca
y en las cosas que aprendas sin mí.
Te levantarás sin mi mano
y el suelo no volverá a extrañarte,
y entenderás
que mi ida sólo fue un empujón a la espalda de tu vida:
sé uno por los dos.
No te asustes:
volverás a descubrir el sueño
detrás de las flores
y conseguirás ser la luz de tu futuro.
Tú volverás a mirarte en el espejo
mientras alguien te lame mi herida.
Yo me quedaré en tus ojos
y en la punta de tus dedos
y en todas esas cosas que dejes de recordar.
Así será.
Yo no estaré.
Tú, pronto, te irás.
Pero siempre seremos uno el tiempo que dure el recuerdo
(Elvira Sastre)
y hasta en la muerte puede haber belleza si sabemos vivirla.
Rosa Montero, la ridícula idea de no volver a verte
Por Rosa
Por Marie
No volveré contigo a casa
ni dejaré flores a los pies de tu cama,
y cuando preguntes "¿qué pasó?"
te dirán que el viento fue más rápido.
Querrás correr hacia un lugar en el que no me conozcas,
tener unos pies
que desanden los andenes que pisamos a la vez,
arrancarte mis caricias
de los huesos,
decir otro nombre cuando tu boca me extrañe tanto que
todo
te sepa a sal
y tenga tanta sed como miedo:
tu desierto estará lleno de puertas.
¿Lo entiendes?
La música será sólo otro ruido
y ya no podrás ponerle mi nombre al silencio
para darle voz.
Tu despertar será una nota
a destiempo.
Tu sueño,
un duelo contra ti misma.
El tiempo,
un reloj parado.
No te asustes:
sentirás que el mar es tu única
herida
porque ninguna otra salida será capaz de
abarcar tanto desahogo.
Pensarás que merezco el ardor
porque una vez fui fuego
en tus pupilas
y ya no puedes deshacerme.
Soportarás mi peso sobre tu
espalda como un último intento de alcanzar el sueño.
Tú suplicarás un alto al fuego.
Yo estaré tan vivo que tus recuerdos
me olvidarán.
Mi amor,
yo me iré
y tú sabrás cuidar las flores
que ya no te regale,
escribirás sobre todos mis huecos
cuando descubras
que mi peso reside en el aire que mueves en las calles
y en las comisuras alzadas de tu boca
y en las cosas que aprendas sin mí.
Te levantarás sin mi mano
y el suelo no volverá a extrañarte,
y entenderás
que mi ida sólo fue un empujón a la espalda de tu vida:
sé uno por los dos.
No te asustes:
volverás a descubrir el sueño
detrás de las flores
y conseguirás ser la luz de tu futuro.
Tú volverás a mirarte en el espejo
mientras alguien te lame mi herida.
Yo me quedaré en tus ojos
y en la punta de tus dedos
y en todas esas cosas que dejes de recordar.
Así será.
Yo no estaré.
Tú, pronto, te irás.
Pero siempre seremos uno el tiempo que dure el recuerdo
(Elvira Sastre)
sábado, 20 de enero de 2018
El amor en un bote de cristal
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.
Añoro el mar,
alcanzo a decir.
No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre.
En todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y sólo entonces si desvío la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.
Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
(Elvira Sastre)
Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.
Añoro el mar,
alcanzo a decir.
No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre.
En todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y sólo entonces si desvío la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.
Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
(Elvira Sastre)
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