domingo, 24 de octubre de 2021

 En los partos todo es túnel:
las palabras no sirven de nada
para atravesar umbrales.

Del mío puedo contar
que lo anuncié como si fuera
el concierto de un grupo punki.
Duró lo que poco antes
habría durado yo de marcha
-dos días con sus noches-.
Acompañantes y matronas
se impacientaron conmigo
porque yo olvidaba mi tarea:
ser toda cueva abierta
instigar el deseo de aire.
La bañera parecía cómoda
para parir en los documentales
pero en el agua yo no era etérea
sino pesada como un fardo de hachís.

No fui pez, sino mamífera
al dar a luz a cuatro patas.
Y aunque escupí tantas palabrotas
que parecía que expulsaba un demonio
mi hija al salir solo gimió:
cachorro molestado en su descanso.
La mayor sorpresa fue ver
que estaba acabada y pulida
como si la hubiera encargado
en una tienda de juguetes. 
Y la mayor alegría
-y el primer sacrilegio-:
que el dolor cesara.

Una colección de anécdotas
que no podrían ayudar a nadie
porque no hay parto ejemplar
en ninguna tradición.
En el parto -como en la agonía-
nosotras, las madres, estamos solas.
Padres, matronas, todos
quedan al otro lado de un cristal.
Y hasta que el llanto o el gemido 
del bebé lo rompe, en el reflejo
solo vemos nuestra cara desnuda.

Después vendrán las máscaras. 


(Ana Pérez Cañamares)