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miércoles, 17 de junio de 2020

Noli Metangere

Los hombres que vinieron a arreglar la nevera.
Tan fuertes, y sabían donde estaba el enchufe.
Sólo hablaban lo justo: frases que no se aprenden en la universidad. 
Se le había parado el corazón.
Sus ojos escrutaban, comprendían
su corazón de máquina. Y hacían malabares con las manos.

Qué precisión. Uno nunca sabría ser tan fuerte y tan claro ni decir cosa alguna de interés. 
Me odiarían. Son demasiados libros. Y demasiado pijo. Por todo el mundo hay gente
con algo que decir. Sólo yo estoy muy lejos, no sé dónde. 
Y me muero de miedo ante la gente que hace cosas útiles.
Yo no hago nada útil.

Así que huyo a mi estudio, lleno de los poemas, los recuerdos 
que me llevan matando desde los veinte años.
Me acuerdo de la chica, por ejemplo, que bailaba de noche ante una hoguera
y de nosotros mismos bañándonos desnudos. 
Eones han pasado,
y ahora soy un extraño, un eremita.
Alguien está viviendo en mi lugar.

Y mientras tanto arreglan la nevera, y se marchan por fin, 
porque tendrán que hacer otro milagro en alguna parte.
Y yo me quedo aquí con lo que soy,
como si todos esos libros
fueran a devolverme lo que fui,
una especie de magia. 
No consigo fijar en la memoria
las caras y los cuerpos de los que nos bañábamos.
No me acuerdo de nada y, sin embargo, 
no poder olvidar algunas cosas, eso es mucho peor.

No me retengas.
Hay algo que me espera en algún sitio, pero aún no sé qué es.
Y no son los poemas, y no es mi juventud.
Es algo útil.

Como poner en marcha
un corazón parado dentro de un cuerpo frío.


(José Luis Piquero)

martes, 16 de junio de 2020

Respuesta de Lázaro

No merece la pena, no te empeñes.
Yo ya he cumplido e iba a disolverme, tan contento. 
¿A qué viene esto ahora?
¿Otra vez los afectos y sudar por las noches y bregar
y la sed y el dinero? (Sobre todo el dinero)
No, gracias. Eso ya son cosas vuestras.

Se estaba bien aquí. Los gusanos no son muy exigentes.
Uno delega en ellos los detalles.
Por lo demás, me gusto. No es que huela muy bien 
Pero puedo estar solo. La gente es tan extraña...
Años llevo intentando comprenderla.
Aquí no hay amenazas, ni preguntas, ni se espera de ti
algo distinto a una quietud insólita.

¿Miedo a vivir? Lo mismo que vosotros,
pero sin aspavientos.

El mundo es mas difícil: hacer lo mismo una y otra vez,
y encima Dios, que no te quita ojo, 
diciendo "Has hecho daño" y "No te esfuerzas".
Ya no hago daño a nadie. Podrido estoy más limpio
de lo que he estado nunca.

Conque puedes coger tu pequeño milagro y esfumarte.
Terrazas soleadas, inútiles banquetes.
Yo soy perfecto. Busca
a otro infeliz que aún se haga ilusiones.


(José Luis Piquero)


lunes, 27 de agosto de 2012

Frágil

No es nada:sombras.
Debes haber soñado.

No eres la niña desaparecida,
las ondas en el agua.

Tus células, lamidas por el dios, de pronto ignoran
su idioma: la sinapsis. ¿Qué es ese balbuceo?
¡No lo escuches!

Flotabas mansamente en tu sopa nutricia
y tu fragilidad hacía llorar.
¿Quién hubiera previsto esta sed de venenos? No hay antídoto
que pueda devolverte la inocencia. 
En ti se están cebando los insectos,
sucia de hojas, enterrada viva.

Y aquí estoy yo diciéndote que no te pasa nada, conteniendo
tu vagido de niña que acaba de nacer.
Oh, enemigo: 
podría ser el ángel que te salvara si supiera cómo.

Poco a poco el sosiego: la mudez
y este cansancio atónito como si hubieras muerto de un orgasmo de pánico.
En tu cuerpo, donde el lorazepam
ha dejado su rastro con dulces lametones,
la vida sigue ahora su curso inexorable.

Has estado muy lejos. Vuelve a ti.

(José Luis Piquero)

lunes, 5 de diciembre de 2011

Huecos

Cuando estoy en su casa duermo solo.
No me he atrevido nunca a afrontar el pasillo
que velan los ronquidos frágiles de sus padres.

A veces, en la noche,
noto el hueco invisible que no ocupamos juntos.

Y entonces pienso siempre en el amor
que no hicimos en días
de intimidad pospuesta y acaso sin saberlo.

No en las húmedas noches ni en los prados borrosos
de calor ni en las playas soleadas:

en el vagón sin ella y en las tardes de clases
y en los libros leídos y olvidados
y en las peleas tontas y en esas dos semanas 
de necia calentura hasta que dijo sí.

Ah, las aguas paradas, el corazón inquieto.
Perder placer es triste y el deseo
irremplazable muere a cada instante
en un mundo de amantes silenciosos.

Pero por la mañana,
cuando se van sus padres -vermú dominical-,
ella viene a mi cama, soñolienta y desnuda.
Su ternura que es próspera llena un hueco en el mundo
y deja al corazón sin argumentos.

(José Luis Piquero)

viernes, 2 de diciembre de 2011

Historia de G.

"El amor es un miedo: una moneda,
un bien de cambio" -susurraba su voz
de borracho creíble, y sonriendo
añadía: "Cualquier amante es sólo
un chantajista".

Y en las noches aquellas, como extraños libertos,
dejábamos atrás mi trabajo y sus libros
para beber, beber.
                          Hicimos el amor
en calles y portales,
cuando hablábamos,
hablábamos los dos a cuchilladas.

De él sé decir que era un producto típico 
de su ciudad y de sus años: frío
y gregario. Su raza:
jóvenes ilustrados y poetas,
cansados de un dinero que no tienen
y una seguridad. Yo estaba sola,
iba de paso: una bala perdida. 
Él ya se castigaba -su costumbre-
haciendo daño a todos.

Tenía que dar con él.

Me dijo que las chicas como yo
tenemos el valor de una experiencia,
somos útiles. "Tú eres muy consciente
de estar representando el papel que te toca.
Pudiste estar con otro, ¿no es así?
Si eres lista puedes aprender algo,
pero recuerda siempre que yo te necesito".

¿Soy injusta? También me quiso un poco,
a su modo. Perdonó mis mentiras,
y no era culpa suya no saber del amor
sino lo que le habían enseñado
en su impreciso mundo de palabras a medias
y de fáciles gestos.
                                Admiraba
esa capacidad-para-encajar-los-golpes
que yo he llegado a ser,
ese estar siempre dispuesta.
Y me daba su tiempo a manos llenas.

Hoy sé perfectamente que me usó
para sembrar recelos en su grupo.
Yo le he visto humillar a alguien que le quería,
ignorarle y marcharse conmigo, y disfrutarlo.
O exhibirme como a una vaca sana
en su circo de locas, sin recato, triunfante.
                                                             Me empujó
en otros brazos, eso fue un pretexto
para nuevos reproches -"Puta, puta".

Cuando pude dejarle, 
tuvo el talento -y la complicidad de sus amigos-
para hacer de mí la única culpable.
"Nos ha engañado a todos" (y quizá
él tenía razón).

A menudo estoy sola y pienso en él,
ya sin rencor, pero escucho de nuevo
esa voz en mi oído, amable, lenta:
"Eres producto mío. Tú, ¿quién eres?
Un apellido y un trabajo triste
y unos padres lejanos. Sin talento
ni belleza, no eres inteligente...
No tienes perspectivas, bobita, saltarás
de un amante a otro amante. Como mucho
eres la novedad, tan sólo un coño. 
Yo te he querido siempre. Quédate.
Imagina que ahora te murieses:
el recuerdo romántico, tan frágil, de esos tontos
y quizá un mal poema -Aquella chica...-,
y nada más. Te quiero, no te marches,
qué voy a hacer sin ti, vuelve conmigo..."

Si alguna vez hemos sido inocentes
como mascotas, puros igual que las manzanas,
nosotros hemos visto pudrirse las manzanas.


(José Luis Piquero)


domingo, 27 de noviembre de 2011

Der, Die, Das

Tu torpe Ich komme aus salva la tarde
de un día atroz. Pronuncias 
encantadoramente 
mal todas las palabras. Te has dejado
el libro en casa y yo te lo agradezco 
sin decir nada. Llueve
tras el cristal oscuro que duplica
nuestras cabezas juntas. Soy feliz
y durante un instante son felices
la vida, los idiomas y las clases nocturnas,
la lluvia, las ventanas, los inviernos...

Mas, ¿qué será de mí mañana? Sigue
salvándome. No te marches a casa.
Durmamos en la Escuela. Yo te enseño
a pronunciar ich heiße y noch einmal.
De repente, una noche, nada importa.
Los gestos son los mismos tiernos gestos de siempre
y podemos jurarnos lo que quieras.

Pon tus ojos en mí, mira mis manos.
Repetiremos juntos un curso y luego otro.
Si es verdad que los hombres se mueren de sí mismos
yo no me moriré. Tú no te mueras.


Vamos a recorrer estos pasillos.
Nunca me dejes solo. No te vayas
a casa cuando el timbre suene y suene...

(José Luis Piquero)

viernes, 25 de noviembre de 2011

Noches a solas con los amigos de antes

Te juro que de noche vienen a verme todos
aquellos que he engañado a lo largo del tiempo.
Me miran con los ojos terribles de tristeza,
seguro que no saben que me alegro de verles.

Mis amigos y víctimas. No es tan malo en el fondo
estar aquí sentado recibiendo visitas.
Mis víctimas de cuándo y por qué. Si pudiera
yo les explicaría que no soy responsable.

Con la noche muy alta oigo lejos los trenes
y a menudo me pierdo en las luces del fondo.
Una ventana sola, con una luz muy triste,
me distrae un momento con preguntas absurdas.
Quién vela en ese cuarto y si vendrán a verle
fantasmas de los vivos que tratamos un día;
también éstos -me digo- le recordarán hechos
del pasado, secretos, graves conversaciones
de adolescentes, sombras de una tarde de sol
con adornos de fiesta y una banda tocando, 
o un café en una vieja cafetería del centro,
copas a medianoche, gente que dice cosas...

Darán otras versiones, cambiarán un detalle.

Él se esfuerza en hacerles comprender que no siempre
varios puntos de vista vienen a coincidir,
pero con un esfuerzo, de buena fe podríamos
situar el contexto y ponernos de acuerdo 
en lo más esencial.
                           Pero ellos me responden
que es demasiado tarde para pasar por alto
tantas malas jugadas como he hecho en mi vida,
las pequeñas traiciones, las infidelidades, 
y con razón me dicen que, si soy inocente,
por qué les dejo franco el paso de mi cuarto,
y preguntan si tengo la conciencia tranquila.

Y te juro que entonces ya no sé contestar
y aventuro tardías disculpas que no escuchan.
Empiezan a dar mueras para matarme poco
de esas muertes pequeñas que causan tanto daño,
y me quedo pequeño yo también y desnudo
y en mi rincón de siempre me abrazo a mis rodillas
sin encontrar tu mano para apretarla fuerte
mientras llueven los golpes, y te llamo, te llamo,
dónde estarás tú sola con tus propios fantasmas.

Algunas noches vienen a visitarme todas
las personas que he amado a lo largo del tiempo.
Ojalá que una noche me encontrasen dormido.
No querrían entonces que yo les visitase.

(José Luis Piquero)

jueves, 24 de noviembre de 2011

Género profesor (de Teoría Literaria-Lírica)

Nos enseñaba a odiar la poesía,
y estas fueron sus víctimas: tantísimos
tontos de facultad, muy licenciados
en cháchara semiótica.
   Los logros 
conseguidos (menos lectores, menos
competencia) aseguran el relevo
en la especie académica (o el pincho
de las 12 entre clase y seminario).

Suya no fue la culpa si le hicieron, 
en un rapto de olvido, indispensable.

(José Luis Piquero)

martes, 13 de enero de 2009

Fotografía

Me estás robando el alma mientras me haces la foto
y con cada disparo fabricas un cadáver.
¿Dónde estarán mi tiempo
y mi respiración y la inconsciencia
con que se mira al mundo, si miro a un asesino?
Posar para una foto es simular la vida
y la casualidad.

Por eso,
quien esté en el papel no seré yo
sino mi fingimiento y tu versión de los hechos.

Tú eres bueno en tu oficio.
Yo engaño al Cíclope y me llamo Nadie.

(José Luis Piquero)
(La mujer de la foto es Chan Marshall)

lunes, 15 de enero de 2007

En una crisis

¿Recuerdas una tarde que estuvimos en ese bar que no me gusta, en Foncalada, entre viejos que leían periódicos temblones y una mujer absurda merendando?.
Y tú firmabas sobre una servilleta, una vez y otra vez, una vez y otra vez, como una autómata, silenciosa y mecánica.

Era cualquier enfado. No recuerdo ni cuándo sucedió. Pero mi miedo y yo fingíamos mirar algo muy importante, un cartel, nada, más allá de la barra o en la puerta, para no ver el signo multiplicado de tu soledad, esa oscura manera en que tú te afirmabas sobre un mundo inseguro que te daba la espalda.

Hoy confundo esa imagen y esa tarde con estos otros días, hostiles, en la crisis de lo nuestro;
tu soledad de entonces, mi impotencia con otra confusión de los dos juntos y a solas, como extraños, sin nada que decir.
Y ya no sé ordenar los trozos que componen el mapa de tú y yo queriéndonos en días que preserva el recuerdo, yendo a sitios, charlando, o en la cama, desnudos, conociéndonos bien.
Sólo somos pareja: el vínculo por el que nos asocian los demás.

Toda unión alimenta algún monstruo pequeño e invisible que formula preguntas. Será porque creamos una identidad nueva, postiza y de los dos, y no somos nosotros sino ese monstruo insomne a cuyo ritmo nos acomodamos.

¿Qué dice el monstruo de esto?

Querernos ignorándolo todo, sin intrusos, la naturalidad de las cosas sencillas que hacemos tan bien, parece formar parte de todo lo que escapa muy despacio, como un barco se aleja de la rada o como se acumulan días indiferentes tras un aniversario.
Como una edad o un sueño desprendido, olvidado en soledad.

Y de qué sirve el mundo demasiado real al que nos sujetamos por sistema.
Las cifras y los libros, la gente que discute en alta voz sobre todas las cosas que en la vida no son nunca casuales; compromisos, las leyes que son nada en el reino ruidoso del amor.
Todo grave, explicado civilizadamente, con la noción exacta de lo que puede hacerse y lo que no, de lo que hay que decir y no decir.
¿Nos hizo más felices?
¿Es más digno hablar tanto, tener gustos complejos y gastar el dinero con prudencia según dónde y con quién?
¿Dónde estamos aquellos que pudieron amarse con palabras sencillas?

El final de un amor es un nuevo reparto de papeles.
Por eso me he acordado de esa tarde en un bar, entre desconocidos (como nosotros), solos, con nuestra cobardía y nuestro miedo, mientras tú te buscabas a ciegas, confundiéndote, en la foto borrosa de ese grupo de tres que hemos sido tú y yo, y yo buscaba y busco todavía un culpable -una excusa- más allá de nosotros, por si ya no nos salvan ni razones ni besos y hay que enterrar al monstruo y dar explicaciones a parientes y amigos.


(José Luis Piquero)

domingo, 14 de enero de 2007

Palabras de Caín adolescente

Me he pasado la vida malgastando favores en personas que nunca me quisieron.
Yo sólo deseaba ser del grupo.

Tratado como un corruptor de sueños,
mantenido a distancia de niños y mascotas,
como a quien por extraño
no se recibe en casa,
he tenido que oír ya demasiadas veces que soy un impostor.

Tarde para los besos, para estrechar las manos,
tarde para las lágrimas y el arrepentimiento,
tarde para cualquiera palabra.
Tarde:
por lo visto yo siempre llego tarde.


Y de noche, en la casa donde todos duermen,
mientras fumo asomado a la ventana,
o en la mañana sórdida de cafés y cristales empañados, a solas con el mundo,
o en la blancura estéril de una página,
he comprendido -tarde- que es inútil querer ser otra cosa que el fantasma embustero que habéis hecho de mí,
un no-muerto cortado a la medida de todo lo que nunca quise ser,
alguien a quien sin duda me parezco, como un hombre a su máscara:
el hipócrita, el sucio y el que no es de fiar,
a un paso del ridículo (el cantante de moda o el bachiller con granos),
a un paso del horror (el buen chico que sale en los sucesos).

Soy el que traicionó tus confidencias.
El que maltrató al tonto de la clase.
El que lo enredó todo cuando los dos amigos disputaban la misma chica idiota.
El que habló mal de ti cuando no estabas y trató de poner en contra tuya al grupo.
El que usó el chantaje sentimental (fácil entre amigos) para ahuyentar del grupo a los extraños,
vuestros otros amigos, que eran más ocurrentes, más experimentados y,
qué pena, más incautos.
El que juró y juró, "podéis creerme..." y "no sabía...", y sí sabía y consiguió que le creyeran.

Soy el que habló al oído de una chica asustada
y -aún me acuerdo-
le imaginó un futuro más honorable, una salida digna, "hazlo, mujer",
y durante un momento era todo posible, matar con una frase, aquel
horror...

Mi máscara lo ha dicho, que soy ese:
agazapado, sórdido,
al que puedes tumbar con un buen puñetazo y zumba en torno tuyo,
pero nadie es al fin tan peligroso -piensas- cuando puedes tumbarlo con un buen puñetazo,
y luego es tarde, mira, ya te tengo.
Todos llegamos tarde alguna vez.

¿Y nada más? ¿Acaso os preguntasteis un instante qué oculta la máscara de un monstruo?
Me acuerdo de esa infancia interminable,
a caballo en la rama más valiente del árbol de los juegos.
Eso era algo, no el paraíso exactamente, pero
-ternura pronta, cándido heroísmo y la avidez legítima del cachorro intocado-
allí existía el orden. Y es curioso
que a la luz de una infancia ideal los enemigos sean menos enemigos.
También ellos tuvieron ese miedo indefenso que redime
y una conmovedora propensión al llanto.

¿Sabéis quién soy a solas? El que escucha canciones tristes.

He soñado a menudo redimir mi egoísmo con un gesto, dar mi vida a cambio de otra vida,
ser el súbito héroe que muere en el incendio.

Pensad en mí lejano, la cabeza inclinada.
Toda esa gente afuera, tanto frío, las calles se bifurcan y el camino que lleva a la casa segura no se termina nunca.

Yo he pensado en la muerte y a menudo he ensayado una muerte inofensiva, de poca sangre y mucho, mucho miedo, sólo para ahuyentar de mí todo el ridículo y el asco de mí mismo,
cuchilla en las muñecas, quemadura en los brazos para seguir viviendo,
porque al fin el dolor es la consciencia, es el ruido del mundo que a tu alrededor chilla y te agita los hombros.

Te aferras a esa vida con desesperación y , sin embargo, eres adolescente:
nunca sabes qué hacer ni qué decir, dónde poner las manos y los ojos.
Tu cuerpo ya es grotesco y esas chicas se ríen. No te gusta tu cara.
Estás enamorado. Más allá de las fórmulas,
los libros te insinúan una vida más fácil en cualquier otra parte.
Los libros te consuelan en todo lo esencial.

Y tú en tu jaula estéril te revuelves, inútil, sudoroso, como en la noche insomne cuando el calor te ahoga.
Dando palos de ciego. La novia de tu amigo.
Matarías con gusto cualquier signo de amor.
Usa de ese poder, usa los libros,
porque luego el perdón de Dios es una fórmula y tú eres el no-muerto que debe defenderse, el hipócrita, el sucio y el corruptor de sueños.

Dolorosa esta edad en que siempre estás solo
y a tu alrededor nace
la flor limpia de un mundo que nunca es para ti.


(José Luis Piquero)