viernes, 23 de febrero de 2007

BRINDIS

Pongamos por ejemplo
que hoy es jueves.
Que un sol de plomo
cae tras los cristales
y recuerdo
tu mano en día de lluvia.
Digamos que estoy sola
y te deseo.
Que no hallo el escenario
donde acoplar tu imagen
con mi aliento.

Bebamos y brindemos
por la triste ironía
de estar vivos
y no poder amarnos.


(María Rosal)

domingo, 11 de febrero de 2007

A mano armada

Supón que me presento
cualquier día en tu casa.
Que digo: "Hasta aquí hemos llegado"
que cierro las ventanas,
apago las cortinas,
los libros, los periódicos.

Supón que me presento
cuando menos lo esperas.
Ya puedo disfrutar
tu mirada de asombro,
el lecho abandonado,
los sentidos alerta.

Supón que te desnudo
con besos y sonrisas,
conjuro tus fantasmas,
asalto tu desvelo,
amanezco en tu sombra,
y me marcho,
y me juras
-dentro de un orden, claro-
fidelidad eterna.


(María Rosal)

sábado, 10 de febrero de 2007

10 febrero de 2007

Hay un camino anónimo, trivial, en las mañanas laborales, y de esa rutina se llenan las huellas que nos rescatan del sueño, como si en las primeras horas de cada día fuese más imposible que nunca el desvío que pudiera trastocar nuestra existencia, por mucho que en ese camino se acumulen las primeras fantasías o se sienta con mayor intensidad el vacío que promueven las secretas frustaciones.

Alguien dijo que es a esa primera hora cuando viajamos de la nada a la pobreza de lo que de veras somos, cuando se emprende el esfuerzo de salir a flote en la más extrema soledad.

Un camino tan anodino como crucial, que es el que nos recobra para que poco a poco podamos adueñarnos de nosotros mismos...

(Luis Mateo Díez)

10 febrero de 2007

Dejó el portafolio, se quitó la corbata, refrescó la cara y todavía en la imagen del espejo, la nariz más afilada y la oscuridad de la barba que adelgazaba el rostro como si en el crecimiento se lo contrajera, observó lo que es un mirada socavaba la angustia: la arandela de los ojos cansados y el contraste del brillo diminuto de una lágrima que no había brotado, una esquirla de cristal en el iris.

(Luis Mateo Díez)

TUS OJOS QUE ANTAÑO NUNCA SE CANSARON

«Tus ojos que antaño nunca se cansaron de los míos,
se inclinan hoy con pesar bajo tus párpados oscilantes
porque nuestro amor declina».

Y responde ella:
«Aunque nuestro amor se desvanezca,
permanezcamos junto al borde solitario de este lago,
juntos en este momento especial
en el que la pasión, pobre criatura cansada, cae dormida.
¡Qué lejanas parecen las estrellas,
y qué lejano nuestro primer beso,
y qué viejo parece mi corazón!».

Pensativos caminan por entre marchitas hojas,
mientras él, lentamente, sosteniendo la mano de ella, replica:
«La Pasión ha consumido con frecuencia
nuestros errantes corazones».

Los bosques les rodeaban, y las hojas ya amarillas
caían en la penumbra como desvaídos meteoros,
entonces un animalillo viejo y cojo renqueó camino abajo.
Sobre él, cae el otoño; y ahora ambos se detienen
a la orilla del solitario lago una vez más.
Volviéndose, vio que ella había arrojado unas hojas muertas,
húmedas como sus ojos y en silencio recogidas
sobre su pecho y su pelo.

«No te lamentes», dijo él, «que estamos cansados
Porque otros amores nos esperan,
odiemos y amemos a través del tiempo imperturbable,
ante nosotros yace la eternidad,
nuestras almas son amor y un continuo adiós».


Versión de Luis Zalamea

jueves, 25 de enero de 2007

25 de enero de 2007 (Primera noche sin ti)

Y está triste
como una silla abandonada
en la mitad del patio azul
Los pájaros la rodean
Cae una aguja
Las hojas resbalan
sin tocarla
Y está triste
en mitad del patio
con la mirada baja
los pechos alicaídos
dos palomas tardas
Y un collar
sin perro
en la mano

Como una silla vacía.

(Cristina Peri Rossi)

lunes, 15 de enero de 2007

En una crisis

¿Recuerdas una tarde que estuvimos en ese bar que no me gusta, en Foncalada, entre viejos que leían periódicos temblones y una mujer absurda merendando?.
Y tú firmabas sobre una servilleta, una vez y otra vez, una vez y otra vez, como una autómata, silenciosa y mecánica.

Era cualquier enfado. No recuerdo ni cuándo sucedió. Pero mi miedo y yo fingíamos mirar algo muy importante, un cartel, nada, más allá de la barra o en la puerta, para no ver el signo multiplicado de tu soledad, esa oscura manera en que tú te afirmabas sobre un mundo inseguro que te daba la espalda.

Hoy confundo esa imagen y esa tarde con estos otros días, hostiles, en la crisis de lo nuestro;
tu soledad de entonces, mi impotencia con otra confusión de los dos juntos y a solas, como extraños, sin nada que decir.
Y ya no sé ordenar los trozos que componen el mapa de tú y yo queriéndonos en días que preserva el recuerdo, yendo a sitios, charlando, o en la cama, desnudos, conociéndonos bien.
Sólo somos pareja: el vínculo por el que nos asocian los demás.

Toda unión alimenta algún monstruo pequeño e invisible que formula preguntas. Será porque creamos una identidad nueva, postiza y de los dos, y no somos nosotros sino ese monstruo insomne a cuyo ritmo nos acomodamos.

¿Qué dice el monstruo de esto?

Querernos ignorándolo todo, sin intrusos, la naturalidad de las cosas sencillas que hacemos tan bien, parece formar parte de todo lo que escapa muy despacio, como un barco se aleja de la rada o como se acumulan días indiferentes tras un aniversario.
Como una edad o un sueño desprendido, olvidado en soledad.

Y de qué sirve el mundo demasiado real al que nos sujetamos por sistema.
Las cifras y los libros, la gente que discute en alta voz sobre todas las cosas que en la vida no son nunca casuales; compromisos, las leyes que son nada en el reino ruidoso del amor.
Todo grave, explicado civilizadamente, con la noción exacta de lo que puede hacerse y lo que no, de lo que hay que decir y no decir.
¿Nos hizo más felices?
¿Es más digno hablar tanto, tener gustos complejos y gastar el dinero con prudencia según dónde y con quién?
¿Dónde estamos aquellos que pudieron amarse con palabras sencillas?

El final de un amor es un nuevo reparto de papeles.
Por eso me he acordado de esa tarde en un bar, entre desconocidos (como nosotros), solos, con nuestra cobardía y nuestro miedo, mientras tú te buscabas a ciegas, confundiéndote, en la foto borrosa de ese grupo de tres que hemos sido tú y yo, y yo buscaba y busco todavía un culpable -una excusa- más allá de nosotros, por si ya no nos salvan ni razones ni besos y hay que enterrar al monstruo y dar explicaciones a parientes y amigos.


(José Luis Piquero)

domingo, 14 de enero de 2007

Palabras de Caín adolescente

Me he pasado la vida malgastando favores en personas que nunca me quisieron.
Yo sólo deseaba ser del grupo.

Tratado como un corruptor de sueños,
mantenido a distancia de niños y mascotas,
como a quien por extraño
no se recibe en casa,
he tenido que oír ya demasiadas veces que soy un impostor.

Tarde para los besos, para estrechar las manos,
tarde para las lágrimas y el arrepentimiento,
tarde para cualquiera palabra.
Tarde:
por lo visto yo siempre llego tarde.


Y de noche, en la casa donde todos duermen,
mientras fumo asomado a la ventana,
o en la mañana sórdida de cafés y cristales empañados, a solas con el mundo,
o en la blancura estéril de una página,
he comprendido -tarde- que es inútil querer ser otra cosa que el fantasma embustero que habéis hecho de mí,
un no-muerto cortado a la medida de todo lo que nunca quise ser,
alguien a quien sin duda me parezco, como un hombre a su máscara:
el hipócrita, el sucio y el que no es de fiar,
a un paso del ridículo (el cantante de moda o el bachiller con granos),
a un paso del horror (el buen chico que sale en los sucesos).

Soy el que traicionó tus confidencias.
El que maltrató al tonto de la clase.
El que lo enredó todo cuando los dos amigos disputaban la misma chica idiota.
El que habló mal de ti cuando no estabas y trató de poner en contra tuya al grupo.
El que usó el chantaje sentimental (fácil entre amigos) para ahuyentar del grupo a los extraños,
vuestros otros amigos, que eran más ocurrentes, más experimentados y,
qué pena, más incautos.
El que juró y juró, "podéis creerme..." y "no sabía...", y sí sabía y consiguió que le creyeran.

Soy el que habló al oído de una chica asustada
y -aún me acuerdo-
le imaginó un futuro más honorable, una salida digna, "hazlo, mujer",
y durante un momento era todo posible, matar con una frase, aquel
horror...

Mi máscara lo ha dicho, que soy ese:
agazapado, sórdido,
al que puedes tumbar con un buen puñetazo y zumba en torno tuyo,
pero nadie es al fin tan peligroso -piensas- cuando puedes tumbarlo con un buen puñetazo,
y luego es tarde, mira, ya te tengo.
Todos llegamos tarde alguna vez.

¿Y nada más? ¿Acaso os preguntasteis un instante qué oculta la máscara de un monstruo?
Me acuerdo de esa infancia interminable,
a caballo en la rama más valiente del árbol de los juegos.
Eso era algo, no el paraíso exactamente, pero
-ternura pronta, cándido heroísmo y la avidez legítima del cachorro intocado-
allí existía el orden. Y es curioso
que a la luz de una infancia ideal los enemigos sean menos enemigos.
También ellos tuvieron ese miedo indefenso que redime
y una conmovedora propensión al llanto.

¿Sabéis quién soy a solas? El que escucha canciones tristes.

He soñado a menudo redimir mi egoísmo con un gesto, dar mi vida a cambio de otra vida,
ser el súbito héroe que muere en el incendio.

Pensad en mí lejano, la cabeza inclinada.
Toda esa gente afuera, tanto frío, las calles se bifurcan y el camino que lleva a la casa segura no se termina nunca.

Yo he pensado en la muerte y a menudo he ensayado una muerte inofensiva, de poca sangre y mucho, mucho miedo, sólo para ahuyentar de mí todo el ridículo y el asco de mí mismo,
cuchilla en las muñecas, quemadura en los brazos para seguir viviendo,
porque al fin el dolor es la consciencia, es el ruido del mundo que a tu alrededor chilla y te agita los hombros.

Te aferras a esa vida con desesperación y , sin embargo, eres adolescente:
nunca sabes qué hacer ni qué decir, dónde poner las manos y los ojos.
Tu cuerpo ya es grotesco y esas chicas se ríen. No te gusta tu cara.
Estás enamorado. Más allá de las fórmulas,
los libros te insinúan una vida más fácil en cualquier otra parte.
Los libros te consuelan en todo lo esencial.

Y tú en tu jaula estéril te revuelves, inútil, sudoroso, como en la noche insomne cuando el calor te ahoga.
Dando palos de ciego. La novia de tu amigo.
Matarías con gusto cualquier signo de amor.
Usa de ese poder, usa los libros,
porque luego el perdón de Dios es una fórmula y tú eres el no-muerto que debe defenderse, el hipócrita, el sucio y el corruptor de sueños.

Dolorosa esta edad en que siempre estás solo
y a tu alrededor nace
la flor limpia de un mundo que nunca es para ti.


(José Luis Piquero)

Paisaje Ocular

Si tus miradas
salen a vagar por las noches
las mariposas negras huyen despavoridas
tales son los terrores
que tu belleza disemina en sus alas



(Oscar Hahn)

sábado, 13 de enero de 2007

13 de enero de 2007 (2)






En la orilla de un mar inmóvil
liso como un espejo,
recogí caracolas vacías,
restos de un amor que no fue
sino naufragio,
cristal huidizo del corazón
malgastado en inútiles mareas.


(Amparo Carballo Blanco)

13 de enero de 2007

Este poema nace de medir
el volumen,
la profundidad y anchura
de un mar cerrado,
nebuloso,
que se oculta en tu mirada.

Este poema tiene un regusto
romántico,
copia de corazón hecho luna,
flotando como batel
sobre un mar en bonanza,
en tu mirada.

Este poema termina en un cielo
indefinido
donde se pierden preguntas
y gaviotas,
donde tu nombre queda abierto
como nube tardía.

Y llueve...
está lloviendo...

sobre un mar batiente
en tu mirada.


(Amparo Carballo Blanco)

viernes, 12 de enero de 2007

12 de enero de 2007

Vientos favorables impulsan
el velero del verso
en dirección tú: único puerto,
única isla habitable
en el gélido mar cotidiano.


(Amparo Carballo Blanco)

martes, 9 de enero de 2007

Hoy no salgo de compras




Hoy no salgo de compras
ni de sueños.

Estoy unida a una piedra
de sustancia solitaria,
y se me nota mucho la luna
maltratada.

No voy a ninguna parte,
ni pongo a secar lágrimas
al viento,
ni le discuto razones
de espinas a la rosa.

Prefiero ver pasar el tiempo
en nubes ligeras,
y desmontar el péndulo
del amor
que oscila entre siempre
y nunca.

Hoy no salgo de compras
ni de sueños.

Me quedo aquí,
y comparto nueces amargas
con pan de versos.



(Amparo Carballo Blanco)

lunes, 8 de enero de 2007

8 de enero de 2007

Olvidadas del viento
se marchitan las alas.

No palpitan versos
en el alma,
ni son sensibles al tacto
las estrellas,
ni perfume de magnolias
corona los sueños.

Todo es otoño ya.

El sol sale al revés
y esclaviza mariposas
en los espejos.
La noche cerró el piano
y la lluvia desafina...


(Amparo Carballo Blanco)

miércoles, 3 de enero de 2007

3 de enero de 2007

Caminaste por tierras sin nombre.

Todas las miradas
Evocan una tristeza
Que me gustaría recuperar.

El camino era niebla, humedad, polvo...
Quise soltarte la mano,
La espesura del aire lo impidió.

No he vuelto a la ciudad escondida.
El camino, ha cambiado de estación.

domingo, 31 de diciembre de 2006

martes, 26 de diciembre de 2006

Impresión Repetida




La última mañana en la ciudad
amanece con luz marchita. Vengo
de habitar en la noche, voy al día
con sueño, con los ojos muy cansados.
Estas horas terribles en extrañas
cuidades aconsejan al viajero
que retorne al hogar, en donde el tiempo
no estraga tan temprano el corazón.


(F. Brines)

lunes, 25 de diciembre de 2006

25 diciembre 2006

(Tarde de verano en Elca)

Yo no era el mejor
para mirar la tarde,
pero me fue ofrecida;
y en mis ojos
se despertó el amor
sin gran merecimiento.
Y no fue necesaria una conciencia lúcida
ni una más clara inteligencia:
tú, que me lees
con un mayor espíritu.
Pero tampoco nadie
pudo estimar tanto
algún pequeño corazón
con un corazón tan pequeño.
Tú me comprendes con dificultad,
pero sabes también
que es suficiente mi dolor,
y por eso me lees.

(F. Brines)

domingo, 10 de diciembre de 2006

10 de diciembre de 2006





El visitante me abrazó, de nuevo
era la juventud que regresaba,
y se sentó conmigo. Un cansancio
venía de su boca, sus cabellos
traían polvo del camino, débil
luz en los ojos. Se contaba a sí mismo
las tristes cosas de su vida, casi
se repetía en él mi pobre vida.
Arropado en las sombras lo miraba.
La tarde abandonó la sala quieta
cuando partió. Me dije que fue grato
vivir con él (la juventud ya lejos),
que era una fiesta de alegría. Solo
volví a quedar cuando dejó la casa.

Vela el sillón la luna, y en la sala
se ven brillar los astros. Es un hombre
cansado de esperar, que tiene viejo
su torpe corazón, y que a los ojos
no le suben las lágrimas que siente.


(F. Brines)

viernes, 1 de diciembre de 2006

Narciso




Narciso no era bello ni hermoso.
Lo embriagó su propia pequeñez,
su rostro en el otro rostro.
No halló la paradoja,
la secreta lámpara,
los jaspes,
el centro de luz entre sus cejas.

No tuvo por dentro un auriga,
ni la espada para vencer al tigre,
ni bebió de la tórrida, altiva respiración de los dragones.

Lo hallé muerto,
como las flores remotas que desconocen su origen
y su aroma

El eco no lo pudo salvar
de la muerte
de la embriaguez,
de su oscura bastardía.


(Mía Gallegos)