Los hombres que vinieron a arreglar la nevera.
Tan fuertes, y sabían donde estaba el enchufe.
Sólo hablaban lo justo: frases que no se aprenden en la universidad.
Se le había parado el corazón.
Sus ojos escrutaban, comprendían
su corazón de máquina. Y hacían malabares con las manos.
Qué precisión. Uno nunca sabría ser tan fuerte y tan claro ni decir cosa alguna de interés.
Me odiarían. Son demasiados libros. Y demasiado pijo. Por todo el mundo hay gente
con algo que decir. Sólo yo estoy muy lejos, no sé dónde.
Y me muero de miedo ante la gente que hace cosas útiles.
Yo no hago nada útil.
Así que huyo a mi estudio, lleno de los poemas, los recuerdos
que me llevan matando desde los veinte años.
Me acuerdo de la chica, por ejemplo, que bailaba de noche ante una hoguera
y de nosotros mismos bañándonos desnudos.
Eones han pasado,
y ahora soy un extraño, un eremita.
Alguien está viviendo en mi lugar.
Y mientras tanto arreglan la nevera, y se marchan por fin,
porque tendrán que hacer otro milagro en alguna parte.
Y yo me quedo aquí con lo que soy,
como si todos esos libros
fueran a devolverme lo que fui,
una especie de magia.
No consigo fijar en la memoria
las caras y los cuerpos de los que nos bañábamos.
No me acuerdo de nada y, sin embargo,
no poder olvidar algunas cosas, eso es mucho peor.
No me retengas.
Hay algo que me espera en algún sitio, pero aún no sé qué es.
Y no son los poemas, y no es mi juventud.
Es algo útil.
Como poner en marcha
un corazón parado dentro de un cuerpo frío.
(José Luis Piquero)
miércoles, 17 de junio de 2020
martes, 16 de junio de 2020
Respuesta de Lázaro
No merece la pena, no te empeñes.
Yo ya he cumplido e iba a disolverme, tan contento.
¿A qué viene esto ahora?
¿Otra vez los afectos y sudar por las noches y bregar
y la sed y el dinero? (Sobre todo el dinero)
No, gracias. Eso ya son cosas vuestras.
Se estaba bien aquí. Los gusanos no son muy exigentes.
Uno delega en ellos los detalles.
Por lo demás, me gusto. No es que huela muy bien
Pero puedo estar solo. La gente es tan extraña...
Años llevo intentando comprenderla.
Aquí no hay amenazas, ni preguntas, ni se espera de ti
algo distinto a una quietud insólita.
¿Miedo a vivir? Lo mismo que vosotros,
pero sin aspavientos.
El mundo es mas difícil: hacer lo mismo una y otra vez,
y encima Dios, que no te quita ojo,
diciendo "Has hecho daño" y "No te esfuerzas".
Ya no hago daño a nadie. Podrido estoy más limpio
de lo que he estado nunca.
Conque puedes coger tu pequeño milagro y esfumarte.
Terrazas soleadas, inútiles banquetes.
Yo soy perfecto. Busca
a otro infeliz que aún se haga ilusiones.
(José Luis Piquero)
Yo ya he cumplido e iba a disolverme, tan contento.
¿A qué viene esto ahora?
¿Otra vez los afectos y sudar por las noches y bregar
y la sed y el dinero? (Sobre todo el dinero)
No, gracias. Eso ya son cosas vuestras.
Se estaba bien aquí. Los gusanos no son muy exigentes.
Uno delega en ellos los detalles.
Por lo demás, me gusto. No es que huela muy bien
Pero puedo estar solo. La gente es tan extraña...
Años llevo intentando comprenderla.
Aquí no hay amenazas, ni preguntas, ni se espera de ti
algo distinto a una quietud insólita.
¿Miedo a vivir? Lo mismo que vosotros,
pero sin aspavientos.
El mundo es mas difícil: hacer lo mismo una y otra vez,
y encima Dios, que no te quita ojo,
diciendo "Has hecho daño" y "No te esfuerzas".
Ya no hago daño a nadie. Podrido estoy más limpio
de lo que he estado nunca.
Conque puedes coger tu pequeño milagro y esfumarte.
Terrazas soleadas, inútiles banquetes.
Yo soy perfecto. Busca
a otro infeliz que aún se haga ilusiones.
(José Luis Piquero)
miércoles, 13 de mayo de 2020
¿Crees que será distinto?
Ojalá el día que te toque a ti la espalda lo primero
que veas sean mis ojos.
Ojalá el día que te toque a ti la cruz lo primero
que veas sea mi cara.
(Irene X)
que veas sean mis ojos.
Ojalá el día que te toque a ti la cruz lo primero
que veas sea mi cara.
(Irene X)
martes, 12 de mayo de 2020
Que tu palabra sea ley
Ojalá sea tan tóxica como dices.
Nada me honraría más que verte morir
con mi nombre en la boca.
(Irene X)
Nada me honraría más que verte morir
con mi nombre en la boca.
(Irene X)
lunes, 5 de febrero de 2018
A los perros buenos no les pasan cosas malas
¿Lo recuerdas?
La nieve, un verde helado como nunca,
las botas hundidas, mi madre en el balcón
observándonos jugar.
Reías, te prometo que fui capaz
de escucharte reír,
saltabas y te hundías en la nieve,
y no entendiste nada,
y yo comprendí todo.
Es ese quizá el recuerdo más sencillo de todos mis años.
Aprendí de la vida
que debía cuidarte, colocarme entre tu cuerpo y el
mordisco,
oler tus silencios y el más mínimo gesto,
protegerte sin necesidad de un peligro,
quererte entero y sin fisuras, sin errores,
con la tranquilidad que da amar a quien te ama.
Aprendí de la vida a quererte de igual modo,
a amar este equilibrio nuestro,
la igualdad de latido,
a confiar sin atender el tiempo
que tarda uno en encontrar la calma,
a buscar lo urgente sin ninguna prisa,
y a llegar a casa,
y que mi casa sea mi casa porque tú me esperas,
y que tu casa sea tu casa porque siempre vuelvo.
Aprendí de la vida
a estar siempre alerta,
pero cuando vino a golpearte esa alarma no sonó,
cuando vino a castigarte no se escuchó nada,
cuando vino a herirte el silencio había perdido su olor,
y no fui capaz, mi vida, esa vez no fui capaz,
y a una palabra de mi boca estuvo de llevarte,
a una única palabra de abandonarte,
a ti, a tu ruido, a la mirada que me enseña, a mi casa,
a una única palabra de arrancarte de mi lado.
Cuánto daño cabe
en las heridas que no se ven.
Cuánto duele lo que no se merece.
Te llevé entonces conmigo,
desoí el futuro y te llevé a otro sitio más amable,
tan diminuto, tan débil, tan hueso,
te arropé con tres mantas
y mis dos brazos tan escasos entonces,
te abrigué con el tiempo, te cubrí con mi mantra,
-a los perros buenos no les pasan cosas malas-,
te guardé bajo este amor tan infinito, tan a cambio
de nada y todo, te guardé bajo el amor,
te velé, día y noche, semana y mes, te velé,
te prometí nieve y mar y sol si resistías, te prometí
lucha si aguantabas un poco más, un último esfuerzo,
acaricié todas las navajas que te perseguían,
custodié mi sueño con el tuyo, paré mi vida porque mi
vida
estaba enferma, me negué a seguir sin ti porque tus ojos
me pedían otra cosa, me pedían otra cosa,
me negué a la muerte, la negué mientras te afirmaba
a cada segundo.
Y tú me asentiste.
¿Escucharías la nieve? ¿Sería aquello suficiente para
salvarte
igual que lo hizo conmigo?
Nos quedan tantos años, tantas batallas
y tantas victorias.
Quizás tengan razón y la muerte sea tu espada,
pero yo soy tu escudo.
¿Puedes verlo?
Somos tú y yo,
en la nieve,
riendo juntos de nuevo.
(Elvira Sastre)
La nieve, un verde helado como nunca,
las botas hundidas, mi madre en el balcón
observándonos jugar.
Reías, te prometo que fui capaz
de escucharte reír,
saltabas y te hundías en la nieve,
y no entendiste nada,
y yo comprendí todo.
Es ese quizá el recuerdo más sencillo de todos mis años.
Aprendí de la vida
que debía cuidarte, colocarme entre tu cuerpo y el
mordisco,
oler tus silencios y el más mínimo gesto,
protegerte sin necesidad de un peligro,
quererte entero y sin fisuras, sin errores,
con la tranquilidad que da amar a quien te ama.
Aprendí de la vida a quererte de igual modo,
a amar este equilibrio nuestro,
la igualdad de latido,
a confiar sin atender el tiempo
que tarda uno en encontrar la calma,
a buscar lo urgente sin ninguna prisa,
y a llegar a casa,
y que mi casa sea mi casa porque tú me esperas,
y que tu casa sea tu casa porque siempre vuelvo.
Aprendí de la vida
a estar siempre alerta,
pero cuando vino a golpearte esa alarma no sonó,
cuando vino a castigarte no se escuchó nada,
cuando vino a herirte el silencio había perdido su olor,
y no fui capaz, mi vida, esa vez no fui capaz,
y a una palabra de mi boca estuvo de llevarte,
a una única palabra de abandonarte,
a ti, a tu ruido, a la mirada que me enseña, a mi casa,
a una única palabra de arrancarte de mi lado.
Cuánto daño cabe
en las heridas que no se ven.
Cuánto duele lo que no se merece.
Te llevé entonces conmigo,
desoí el futuro y te llevé a otro sitio más amable,
tan diminuto, tan débil, tan hueso,
te arropé con tres mantas
y mis dos brazos tan escasos entonces,
te abrigué con el tiempo, te cubrí con mi mantra,
-a los perros buenos no les pasan cosas malas-,
te guardé bajo este amor tan infinito, tan a cambio
de nada y todo, te guardé bajo el amor,
te velé, día y noche, semana y mes, te velé,
te prometí nieve y mar y sol si resistías, te prometí
lucha si aguantabas un poco más, un último esfuerzo,
acaricié todas las navajas que te perseguían,
custodié mi sueño con el tuyo, paré mi vida porque mi
vida
estaba enferma, me negué a seguir sin ti porque tus ojos
me pedían otra cosa, me pedían otra cosa,
me negué a la muerte, la negué mientras te afirmaba
a cada segundo.
Y tú me asentiste.
¿Escucharías la nieve? ¿Sería aquello suficiente para
salvarte
igual que lo hizo conmigo?
Nos quedan tantos años, tantas batallas
y tantas victorias.
Quizás tengan razón y la muerte sea tu espada,
pero yo soy tu escudo.
¿Puedes verlo?
Somos tú y yo,
en la nieve,
riendo juntos de nuevo.
(Elvira Sastre)
martes, 30 de enero de 2018
Soy la extraña correlación entre tu estado de ánimo y
la canción que suena en un taxi cuando no quieres volver a casa.
Me he cosido la boca con dulzura
para que los besos que niegue,
al relamer,
me sepan a lo que soy:
un caramelo.
No quiero desaparecer en otra boca.
Todavía no tengo todas las piezas y
uno tiene que recuperarse para poder ofrecerse.
Esto es todo lo que me falta,
siento no poder darte menos problemas.
-Con lo que te gusta resolverme mientras todo se complica
bajo mi distraída mirada-
Porque os convertiría en cualquiera
hace tiempo que no duermo con cualquiera.
Porque me convertiría en cualquiera.
Todos los hombres que acaricié se están vengando de mí.
Me retuercen las manos por haber amado a la mujer
como no supieron ellos,
pero ninguno me preguntó
el único secreto que no planeé esconder.
Esto es tan simple como que mi mano derecha es la maestra
de todo lo que quiere olvidar la izquierda;
sospecho que nunca firmaré una tregua conmigo.
¿Para cuándo entonces la paz de la que hablan las doctrinas
de mi nombre?
Si no quiero que me toquen es porque soy pegadiza y
me he convertido en la canción más triste del mundo.
Porque me he caído como la última gota al vaso de ácido
que se derramó en las rodillas.
Porque se me han partido todas las uñas en el vientre
y
no me apetece hablar de esto
-ni de esta
ni de aquel-.
No es cobardía,
es mi derecho a guardar silencio en ataúdes de niñas pelirrojas.
Ya no me quedan ni ases
ni cicatrices bajo la manga.
Me amo desnuda,
sin trapos,
sin trampas para ratones,
sin cascabeles que delaten al gato.
Mi jaula es un anillo de fuego
y yo un pájaro.
Saldré cuando yo quiera,
no cuando otro me ame.
(Irene X)
la canción que suena en un taxi cuando no quieres volver a casa.
Me he cosido la boca con dulzura
para que los besos que niegue,
al relamer,
me sepan a lo que soy:
un caramelo.
No quiero desaparecer en otra boca.
Todavía no tengo todas las piezas y
uno tiene que recuperarse para poder ofrecerse.
Esto es todo lo que me falta,
siento no poder darte menos problemas.
-Con lo que te gusta resolverme mientras todo se complica
bajo mi distraída mirada-
Porque os convertiría en cualquiera
hace tiempo que no duermo con cualquiera.
Porque me convertiría en cualquiera.
Todos los hombres que acaricié se están vengando de mí.
Me retuercen las manos por haber amado a la mujer
como no supieron ellos,
pero ninguno me preguntó
el único secreto que no planeé esconder.
Esto es tan simple como que mi mano derecha es la maestra
de todo lo que quiere olvidar la izquierda;
sospecho que nunca firmaré una tregua conmigo.
¿Para cuándo entonces la paz de la que hablan las doctrinas
de mi nombre?
Si no quiero que me toquen es porque soy pegadiza y
me he convertido en la canción más triste del mundo.
Porque me he caído como la última gota al vaso de ácido
que se derramó en las rodillas.
Porque se me han partido todas las uñas en el vientre
y
no me apetece hablar de esto
-ni de esta
ni de aquel-.
No es cobardía,
es mi derecho a guardar silencio en ataúdes de niñas pelirrojas.
Ya no me quedan ni ases
ni cicatrices bajo la manga.
Me amo desnuda,
sin trapos,
sin trampas para ratones,
sin cascabeles que delaten al gato.
Mi jaula es un anillo de fuego
y yo un pájaro.
Saldré cuando yo quiera,
no cuando otro me ame.
(Irene X)
jueves, 25 de enero de 2018
Rosa y Marie
La pena es pura y sagrada,
y hasta en la muerte puede haber belleza si sabemos vivirla.
Rosa Montero, la ridícula idea de no volver a verte
Por Rosa
Por Marie
No volveré contigo a casa
ni dejaré flores a los pies de tu cama,
y cuando preguntes "¿qué pasó?"
te dirán que el viento fue más rápido.
Querrás correr hacia un lugar en el que no me conozcas,
tener unos pies
que desanden los andenes que pisamos a la vez,
arrancarte mis caricias
de los huesos,
decir otro nombre cuando tu boca me extrañe tanto que
todo
te sepa a sal
y tenga tanta sed como miedo:
tu desierto estará lleno de puertas.
¿Lo entiendes?
La música será sólo otro ruido
y ya no podrás ponerle mi nombre al silencio
para darle voz.
Tu despertar será una nota
a destiempo.
Tu sueño,
un duelo contra ti misma.
El tiempo,
un reloj parado.
No te asustes:
sentirás que el mar es tu única
herida
porque ninguna otra salida será capaz de
abarcar tanto desahogo.
Pensarás que merezco el ardor
porque una vez fui fuego
en tus pupilas
y ya no puedes deshacerme.
Soportarás mi peso sobre tu
espalda como un último intento de alcanzar el sueño.
Tú suplicarás un alto al fuego.
Yo estaré tan vivo que tus recuerdos
me olvidarán.
Mi amor,
yo me iré
y tú sabrás cuidar las flores
que ya no te regale,
escribirás sobre todos mis huecos
cuando descubras
que mi peso reside en el aire que mueves en las calles
y en las comisuras alzadas de tu boca
y en las cosas que aprendas sin mí.
Te levantarás sin mi mano
y el suelo no volverá a extrañarte,
y entenderás
que mi ida sólo fue un empujón a la espalda de tu vida:
sé uno por los dos.
No te asustes:
volverás a descubrir el sueño
detrás de las flores
y conseguirás ser la luz de tu futuro.
Tú volverás a mirarte en el espejo
mientras alguien te lame mi herida.
Yo me quedaré en tus ojos
y en la punta de tus dedos
y en todas esas cosas que dejes de recordar.
Así será.
Yo no estaré.
Tú, pronto, te irás.
Pero siempre seremos uno el tiempo que dure el recuerdo
(Elvira Sastre)
y hasta en la muerte puede haber belleza si sabemos vivirla.
Rosa Montero, la ridícula idea de no volver a verte
Por Rosa
Por Marie
No volveré contigo a casa
ni dejaré flores a los pies de tu cama,
y cuando preguntes "¿qué pasó?"
te dirán que el viento fue más rápido.
Querrás correr hacia un lugar en el que no me conozcas,
tener unos pies
que desanden los andenes que pisamos a la vez,
arrancarte mis caricias
de los huesos,
decir otro nombre cuando tu boca me extrañe tanto que
todo
te sepa a sal
y tenga tanta sed como miedo:
tu desierto estará lleno de puertas.
¿Lo entiendes?
La música será sólo otro ruido
y ya no podrás ponerle mi nombre al silencio
para darle voz.
Tu despertar será una nota
a destiempo.
Tu sueño,
un duelo contra ti misma.
El tiempo,
un reloj parado.
No te asustes:
sentirás que el mar es tu única
herida
porque ninguna otra salida será capaz de
abarcar tanto desahogo.
Pensarás que merezco el ardor
porque una vez fui fuego
en tus pupilas
y ya no puedes deshacerme.
Soportarás mi peso sobre tu
espalda como un último intento de alcanzar el sueño.
Tú suplicarás un alto al fuego.
Yo estaré tan vivo que tus recuerdos
me olvidarán.
Mi amor,
yo me iré
y tú sabrás cuidar las flores
que ya no te regale,
escribirás sobre todos mis huecos
cuando descubras
que mi peso reside en el aire que mueves en las calles
y en las comisuras alzadas de tu boca
y en las cosas que aprendas sin mí.
Te levantarás sin mi mano
y el suelo no volverá a extrañarte,
y entenderás
que mi ida sólo fue un empujón a la espalda de tu vida:
sé uno por los dos.
No te asustes:
volverás a descubrir el sueño
detrás de las flores
y conseguirás ser la luz de tu futuro.
Tú volverás a mirarte en el espejo
mientras alguien te lame mi herida.
Yo me quedaré en tus ojos
y en la punta de tus dedos
y en todas esas cosas que dejes de recordar.
Así será.
Yo no estaré.
Tú, pronto, te irás.
Pero siempre seremos uno el tiempo que dure el recuerdo
(Elvira Sastre)
sábado, 20 de enero de 2018
El amor en un bote de cristal
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.
Añoro el mar,
alcanzo a decir.
No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre.
En todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y sólo entonces si desvío la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.
Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
(Elvira Sastre)
Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.
Añoro el mar,
alcanzo a decir.
No quedará hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre.
En todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y sólo entonces si desvío la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras;
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.
Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.
La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.
(Elvira Sastre)
lunes, 16 de enero de 2017
Recuerdo que llegaste del mismo modo que a una despedida;
igual que el día pugna por abrirle
un minuto a la noche.
Como un encuentro en primeras nupcias
la memoria descansó
la inquietante extensión de sus abriles.
Tuve que invocar oscuras razones,
recordarte, por ejemplo,
que tal vez nos miramos en la infancia
y que acaso pudimos olvidarlo.
(Juan Gracia Armendáriz)
igual que el día pugna por abrirle
un minuto a la noche.
Como un encuentro en primeras nupcias
la memoria descansó
la inquietante extensión de sus abriles.
Tuve que invocar oscuras razones,
recordarte, por ejemplo,
que tal vez nos miramos en la infancia
y que acaso pudimos olvidarlo.
(Juan Gracia Armendáriz)
domingo, 1 de enero de 2017
La loba
A veces contigo, hija,
la piel se me eriza de loba
y de repente veo nuestra casa
bajo la luz hueca de una madriguera.
Quizá es por el calor húmedo
que guardas en los pliegues del cuello
y que convierte tu pelo en raíces desnudas;
o porque cuando duermes a mi lado
tu espalda se dobla alomada
y se acopla como el feto que fuiste a mi vientre.
Todo es intemperie a nuestro alrededor.
Solas, animales entre animales y tanto árbol
tantas sombras a las que les busco parecidos
para disimular mi miedo.
El bosque me persigue hasta los sueños
y a veces te gruño porque entre tú y yo
se interponen los peligros que no puedo ahorrarte.
Son necesarios los espectros, los hijos que nunca tuve;
suyo es el idioma de las hojas
suya la voluntad para escarbar en lo podrido
en lo oscuro aprenden a ralentizar el tiempo
y tener la edad de lo que no muere.
Gracias a ellos tú y yo disfrutamos
de los claros de luna y las mariposas.
Mi niña, mi cachorro, enseñarte a morder
es procurarme nuevas heridas.
En tu piel tienes el recuerdo de mis cicatrices
y no te confunde el pelo que ha crecido sobre ellas.
Te enseño a cazar y no te cuento de mi hambre.
Descanso siempre atenta a la respiración del bosque
mientras me duelen mis cachorros
el que hiberna dentro de mí
y tú ovillada sobre tu propio aliento.
Al final de la noche
-cuando con precisión la luna ilumina
los gestos que nos hermanan-
no soy la loba que crees
ni la que yo te quisiera.
Sólo soy la que aúllo a través de los huecos
del paisaje que quise dejarte talado
mientras me distraían mi propia hambre
los rastros de cazadores
o el olor profundo de algún macho.
Al final de la noche
sólo me conformo con esconder las uñas en cada caricia.
(Ana Pérez Cañamares)
lunes, 12 de diciembre de 2016
Nocturno
No fue sino alucinación.
De madrugada, entumecido
por el insomnio, huí del lecho con un abrigo
sobre el pijama, con mis treinta años
tras de mí pidiendo socorro,
y el paso suave, clandestino,
para que no despierten los seres que amo.
Una alucinación.
Empecé a intentar rescatarme
en mis objetos y en mis hábitos:
puse Beethoven, encendí un cigarrillo,
despacio consumí un vaso de leche;
acaricié los libros;
contemplé las fotografías
de los muertos que no olvido nunca:
Antonio Machado, en la época de Guiomar;
Dostoyevski, consumido por su epilepsia,
su época, su fiebre, su amor;
Pavese, limpiando unas gafas
hacia mil novecientos cincuenta;
César Vallejo, escamoteando
su atroz ternura en un gesto increíble,
indispuesto de ojeras, agraz;
Kafka y sus pupilas de negro mercurio,
y Chopin sorprendido por Delacroix.
Reunidos.
Miré, toqué; caminé mi despacho;
escuché; buscando sosiego.
Miré de nuevo, fumé más aprisa,
no acababa de encontrar el calor.
Me fui a contemplar el sueño
de mi mujer y de mi hija.
Regresé. Todo esto es mío.
Yo soy de todo esto.
Que no se rompa.
Iba y venía, tocaba, miraba, para sobrevivir.
Mas por debajo de mi conciencia
algo buscaba una rendija,
algo pugnaba contra las paredes
de mi equilibrio y de mi libertad.
Fue una alucinación.
Con el vaso en la mano,
el torpe abrigo, las zapatillas,
miré mi vaso, miré esta casa,
miré estos años, miré aquella música,
y alguien al fondo pronunció
con mi voz y mi historia:
"qué hago yo aquí".
(¿Qué era "aquí"? ¿mi despacho?
¿mi profesión? ¿la tierra? ¿mi existencia?
Extrañado y sereno,
con el vaso en la mano. Otro.
Era horrible: fui otro.)
Fue una alucinación. Pasó.
Pasó. Las fotos, los objetos, la música,
la respiración confiada
de los que amo, sus bienaventurados
cuerpos dormidos, la penumbra,
todo inició un lento regreso,
todo eso me lamía las manos,
me entregaba las manos
para que las lamiera. Cayó el otro
a las profundidades. De nuevo
mi conciencia conmigo,
los míos conmigo. Mis vivos y mis muertos.
(Fue una alucinación y tengo miedo.
temo volver a ser, otra vez, ese hombre)
(Félix Grande)
De madrugada, entumecido
por el insomnio, huí del lecho con un abrigo
sobre el pijama, con mis treinta años
tras de mí pidiendo socorro,
y el paso suave, clandestino,
para que no despierten los seres que amo.
Una alucinación.
Empecé a intentar rescatarme
en mis objetos y en mis hábitos:
puse Beethoven, encendí un cigarrillo,
despacio consumí un vaso de leche;
acaricié los libros;
contemplé las fotografías
de los muertos que no olvido nunca:
Antonio Machado, en la época de Guiomar;
Dostoyevski, consumido por su epilepsia,
su época, su fiebre, su amor;
Pavese, limpiando unas gafas
hacia mil novecientos cincuenta;
César Vallejo, escamoteando
su atroz ternura en un gesto increíble,
indispuesto de ojeras, agraz;
Kafka y sus pupilas de negro mercurio,
y Chopin sorprendido por Delacroix.
Reunidos.
Miré, toqué; caminé mi despacho;
escuché; buscando sosiego.
Miré de nuevo, fumé más aprisa,
no acababa de encontrar el calor.
Me fui a contemplar el sueño
de mi mujer y de mi hija.
Regresé. Todo esto es mío.
Yo soy de todo esto.
Que no se rompa.
Iba y venía, tocaba, miraba, para sobrevivir.
Mas por debajo de mi conciencia
algo buscaba una rendija,
algo pugnaba contra las paredes
de mi equilibrio y de mi libertad.
Fue una alucinación.
Con el vaso en la mano,
el torpe abrigo, las zapatillas,
miré mi vaso, miré esta casa,
miré estos años, miré aquella música,
y alguien al fondo pronunció
con mi voz y mi historia:
"qué hago yo aquí".
(¿Qué era "aquí"? ¿mi despacho?
¿mi profesión? ¿la tierra? ¿mi existencia?
Extrañado y sereno,
con el vaso en la mano. Otro.
Era horrible: fui otro.)
Fue una alucinación. Pasó.
Pasó. Las fotos, los objetos, la música,
la respiración confiada
de los que amo, sus bienaventurados
cuerpos dormidos, la penumbra,
todo inició un lento regreso,
todo eso me lamía las manos,
me entregaba las manos
para que las lamiera. Cayó el otro
a las profundidades. De nuevo
mi conciencia conmigo,
los míos conmigo. Mis vivos y mis muertos.
(Fue una alucinación y tengo miedo.
temo volver a ser, otra vez, ese hombre)
(Félix Grande)
viernes, 2 de diciembre de 2016
Inicios del invierno
por la facha destartalada
de estos días
con más hambre de luz que de reposo
tiene un perseguido. Ha de verse
a lo lejos en montón, en manada que baja
a derrocharse a la ciudad,
la ciudad donde se escucha otro latido
que no es aquella bronca,
aquel vértigo de aves que ni huyen
ni acaban de matarse con las tardes
de julio.
Ahora trae un fragor la madrugada
de ramas escocidas
por el viento en las que no nos conforta
ni la saliva ahorcada del rocío,
temblando entre sus nudos.
Y mira sin embargo con qué gozo
me incluyo en este manto lechal, en esta
limpia camisa luminosa. No cejo ya,
no cejo hasta que aprenda
que esta neblina es honda
sepultura, ciego
pozo del todo donde arrojar la vida,
depositar los meses,
vivir quieto
sin otro combate que respirar
una nieve que turba más que suena.
Parece que durmieran las pasiones
y que bajo las piedras
no se escondiese nada levantisco. Las aves,
las alimañas pardas han cruzado
a saber de otros modos más tibios de vivir
que esta pureza: les esperan
helados escondites,
escondites de piedras olorosas, lejanas
oquedades en lo oscuro, perdidas
arquitecturas templadas donde el silencio
es música veloz, ardiente compostura
que sólo el paso de la lluvia calla,
mientras aquí de nuevo
se previenen con prisa las miradas,
los cachorros,
los quicios crecen lentos a una voz
no sabida en los seres (más bien cosa de sombras
que de súbito abren en resplandor
lo que antes fueron cenizas volcadas),
los patios suenan mucho a agua que llega
y enfunda las paredes
de borrones helados como íntimas heridas
que en la noche rezuman;
y los niños, cuitados,
se alborozan del todo: "¡El invierno!
¡El invierno!",
y no saben que va a caer esta blancura
encima de sus cuerpos,
como una blanca venda
que descubre un desgarro.
(Tomás Sánchez Santiago)
domingo, 13 de noviembre de 2016
Tu recuerdo,
empecinado pájaro que me despierta en la noche.
Culebra que desova sobre el azúcar y el llanto.
No hay manzanas en el sacrificio
Ni joyeros de nácar girando en la ignorancia.
Sólo el regurgitar de la memoria,
el acopio de años,
tu madeja infinita,
itinerante,
alrededor del corazón.
Qué se esconde al otro lado
de esa mujer que era mi madre
y enloquecía más con cada internamiento.
Tu ojo se entreabre con la insolencia de lo insomne,
de la vigilia ciega y la esperanza.
Tu ojo, madre,
eternamente abierto
como una gran pregunta.
Tu ojo centinela iluminándome,
tus palabras formando un avispero
en mitad de la infancia.
(Rosana Acquaroni)
empecinado pájaro que me despierta en la noche.
Culebra que desova sobre el azúcar y el llanto.
No hay manzanas en el sacrificio
Ni joyeros de nácar girando en la ignorancia.
Sólo el regurgitar de la memoria,
el acopio de años,
tu madeja infinita,
itinerante,
alrededor del corazón.
Qué se esconde al otro lado
de esa mujer que era mi madre
y enloquecía más con cada internamiento.
Tu ojo se entreabre con la insolencia de lo insomne,
de la vigilia ciega y la esperanza.
Tu ojo, madre,
eternamente abierto
como una gran pregunta.
Tu ojo centinela iluminándome,
tus palabras formando un avispero
en mitad de la infancia.
(Rosana Acquaroni)
jueves, 10 de noviembre de 2016
La muerte al otro lado de la cámara
Acodada en la barra o la terraza
me miro desde lejos como dicen
que se miran los que han estado muertos:
un fulgor en el vaso
me resume lo helado de los años.
Vértigo de un rodaje discontinuo,
fotogramas vacíos que huyen.
Eso sí,
gastó el maquillador tiempo y pericia.
Desde esta muerte actriz y fingidora,
la vida es un depósito en penumbra
de máscaras usadas hacia dentro.
(Aurora Luque)
domingo, 3 de julio de 2016
viernes, 1 de julio de 2016
Ruptura
Dije que la amaría siempre.
Ella me contestó:
¿Y ahora?
Un segundo de duda.
Y luego el estupor
de quedarme mirando
la sombra de los árboles
quebrada ante sus pasos
que lentos me alejaban.
(Antonio Manilla)
Ella me contestó:
¿Y ahora?
Un segundo de duda.
Y luego el estupor
de quedarme mirando
la sombra de los árboles
quebrada ante sus pasos
que lentos me alejaban.
(Antonio Manilla)
domingo, 19 de junio de 2016
Final del cuento
Te transformé en un príncipe. Ni tú
te lo creías. Asombrado mirabas
tu rostro en el espejo,
tus cabellos de seda,
la mandíbula fuerte,
la elegancia del cuello.
Feliz y satisfecha, coloqué
la varita en su caja.
Y fuimos muy felices. Bien es cierto
que seguiste croando
al pasar por las charcas.
(Irene Sánchez Carrón)
jueves, 16 de junio de 2016
Como una inundación
Hoy buscarás en vano...
(Antonio Machado)
Hoy buscarás en vano
a tu dolor consuelo.
(De pronto has recordado
aquellos magos versos
y adviertes que han venido como llega un desastre;
excavando en el pecho,
excavando en el alma
para acostarse sobre el agujero.)
Hoy buscarás en vano
a tu dolor consuelo.
(Palabras que se acercan a tus calamidades
y con piedad sombría las cubren de silencio;
palabras que te cantan una nana muy quieta,
palabras que te suben el embozo hasta el cuello;
palabras que te invitan a dormir las dos sienes
y mamar, como un niño, de la teta del sueño.)
Hoy buscarás en vano
a tu dolor consuelo.
(Te ha rodeado la vida,
o la muerte, o el tiempo
como una inundación o como un terremoto,
como una asfixia vasta o como un vasto ejército,
como una oscura cárcel,
como un oscuro invierno;
y estás inerme, estás perdido, estás sumado;
encanecido; viejo.)
Hoy buscarás en vano
a tu dolor consuelo.
(Te queda la vergüenza de saber que te quieren,
que algunos seres raros, fraternales y tercos
miran tu calavera con ilusión y alarma;
las cuencas de tus ojos, con paciencia y con miedo.
Miran a tu vivir como mira un disparo.
-Te hiere ya el amor como te hiere el tiempo-.
Pero estás rodeado de anochecer y nieve,
todos tus poros sorben el frío del universo,
ya el labio inferior tienes sumergido en la nada,
ya el olvido se acerca descomunal y lento
como una densa niebla
o un megaterio ciego.)
Hoy buscarás en vano
a tu dolor consuelo.
(Nada les das a quienes te miran sin pedirte,
nada les puedes dar más que vejez y sueño.
Hoy buscarás en vano consuelo a tu dolor
y a tu vergüenza. Hoy tienes cerrado ya el silencio,
con una suave angustia deambulando por fuera,
con una angustia horrible deambulando por dentro.)
(Félix Grande)
lunes, 13 de junio de 2016
Los insectos son los besos del sol
Yo, que arriesgando mi propia vida
salvé insectos diminutos de morir ahogados
capaz de escuchar el temblor de sus antenas
bajo mi seco aliento
capaz de insuflar vida
capaz de detener la lluvia
con sólo desearlo
capaz de hacer girar el sol
alrededor de tu boca
porque tu boca
siempre será el centro del universo
yo, que tenía superpoderes
que era inmortal y lo sabía
ahora no sé nada
ha llegado junio
y no sé nada
(Isabel Bono)
salvé insectos diminutos de morir ahogados
capaz de escuchar el temblor de sus antenas
bajo mi seco aliento
capaz de insuflar vida
capaz de detener la lluvia
con sólo desearlo
capaz de hacer girar el sol
alrededor de tu boca
porque tu boca
siempre será el centro del universo
yo, que tenía superpoderes
que era inmortal y lo sabía
ahora no sé nada
ha llegado junio
y no sé nada
(Isabel Bono)
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