A
dónde vas, jugando a ser eterna,
pisando
sin cuidado el mar,
sin el
menor pudor,
con la
misma certeza de quien anda por casa.
Eres
un ser alado, sin células apenas,
el
pelo largo como tu osadía,
y esas
manos a tientas
llevándote
a destiempo la luz de la mañana.
El
cuerpo, con los miedos que te quedan,
lo
dejas en la arena.
Te
agarro por los hombros del espejo;
no me
engañes
ni me
vuelvas la cara:
buscas
el paso firme de la dicha
en un
plato final
definitivo,
sin
una carga de sombras a su espalda.
Tú
sabes que no existe,
chíllalo,
estrújate
de rabia.
Luego
sigue buscándolo,
cuélate
sin entrada en el palco de la vida,
no me
bajes la guardia.
Y no
vuelvas sin él,
que yo
estaré en el muelle de mis vértigos,
vestida
de tu cuerpo
esperándote,
para
llevarte a casa.
(Blanca
Sarasua)
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