Otros
aman el agua y sus mentiras: los soñados abismos donde el coral
esconde sus navajas y baila el tiburón su vals mortal y sonriente.
Otros aman el agua: la engañosa nevada que promete un albo porvenir
cuando lo cierto es que el futuro, inevitablemente, nos ahoga en
fango. Y también, desde luego, están los visionarios, los que con
desesperación buscan el espejismo de una deslumbradora cosecha de
estalactitas, de translúcidas, duras y permanentes estalactitas. Son
los eternos náufragos vivientes, los jardineros del profundo abismo,
sonámbulos recolectores de medusas, cuidadores de légamos y
cefalópodos. Desterrados del aire, han convertido su destino en
vocación constante de bautismo, en rito permanente de limpieza.
En
cambio tú, criatura de las sombras, amaste el fuego y sus
liquidaciones. Amaste el resplandor de las entrañas, la pantera
voraz de la lujuria. Delmira de la lava y la erupción, Delmira del
rescoldo en fuga, del fuego calcinante. Amaste el terremoto de la
carne candente que jamás perdona, que no consiente pausas ni
abandonos. Amaste el fuego porque eras el fuego, adoraste el volcán
porque eras lava. Y acabaste tu vida como las estrellas: una noche
cualquiera, allá en los cielos, tu vida reventó como una nova. Te
llevaste a los astros tu secreto. Tal vez en un tiempo futuro tu luz
nos ilumine y entendamos, por fin, cómo vive una estrella en el
oscuro reino de la muerte.
(Francisca
Aguirre)
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