Recuerdo
que una vez, cuando era niña,
me
pareció que el mundo era un desierto.
Los
pájaros nos habían abandonado para siempre:
las
estrellas no tenían sentido,
y el
mar no estaba ya en su sitio,
como
si todo hubiera sido un sueño equivocado.
Sé
que una vez, cuando era niña,
el
mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un
socavón que se tragó a la vida,
un
embudo por el que huyó el futuro.
Es
cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el
silencio como un grito de arena.
Se
callaron las almas, los ríos, y mis sienes,
se me
calló la sangre, como si de improviso,
sin
entender por qué, me hubiesen apagado.
Y el
mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un
asombro tan triste como la triste muerte,
una
extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un
odio lacerante, una rabia homicida
que,
paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba
hasta los dientes haciéndolos crujir.
Es
verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando
el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo
estaba segura de que un día mi padre volvería
y
mientras él cantaba ante su caballete
se
quedarían quietos los barcos en el puerto
y la
luna saldría con su cara de nata.
Pero
no volvió nunca.
Sólo
quedaban sus cuadros,
sus
paisajes, sus barcas,
la luz
mediterránea que había en sus pinceles
y una
niña que espera en un muelle lejano
y una
mujer que sabe que los muertos no mueren.
(Francisca
Aguirre)
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