Gime
la tarde de grises y geranios
las
palomas están quietas y oscuras,
y
alguien se adueña de mi vida
y la
arrastra más allá del horizonte.
La
página es arena
que el
aire levanta hacia las nubes
donde
se entrelazan las siluetas de los ángeles
cubriendo
el vacío con sus alas.
Mi
espacio es la huella de un violín callado,
de una
mano inmóvil y tendida
a la
espera de que el verso la acaricie.
Y pasa
el poema sin rozar la tarde
sin
haberme mirado
como
un niño que crece en la costumbre
de
estar solo
y
entre viejos juguetes se olvida del mundo.
(Ana
María Navales)
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