La
imagen que refleja el agua
pertenece
a un lejano espejo
de
otra vida.
No es
una nube o una sombra
con la
boca abierta al otoño,
a la
caricia que el aire arranca de los buitres.
Una
palabra puede iluminar la noche
o caer
sobre el miedo de un niño
como
una piedra en el fondo del estanque
que
bajo la luna sueña con ser pájaro.
Otra
mujer brilla en el recuerdo,
tiene
mis ojos y mis labios,
pero
el rostro de agua y el rostro de tierra
no son
el mismo
y
alguien alza murallas,
separa
el sol de ese cuerpo desnudo
sobre
el látigo que palpita en las horas.
Nadie
oye el grito del animal salvaje
perdido
en la decepción del bosque
cuando
el camino se convierte en frontera
y el
día envejece como un invierno largo
y
silencioso.
No hay
espejo más frágil que el agua;
imposible
colocar este rostro sobre el mío.
(Ana
María Navales)
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